1. El relato del éxito económico y su función electoral
¿Por qué el gobierno insiste tanto en este relato propio de la posverdad y dice que “la economía anda mejor que nunca”? ¿Por qué insiste en sostener un relato de éxito económico cuando amplios sectores de la población experimentan un deterioro de sus condiciones materiales de existencia?
El ministro de Economía, Luis Caputo, llegó a pronosticar en abril de 2026 que se venían los mejores 18 meses de la Argentina en las últimas décadas. Por su parte, Javier Milei sostiene que su programa económico es el más exitoso de la historia argentina, que sacó a 12 millones de personas de la pobreza y que su gobierno obtuvo mejores resultados que los tres anteriores en todas las variables económicas importantes.
¿Por qué el gobierno insiste en este relato? Se trata de una estrategia comunicacional que cumple, al menos, dos funciones. Por un lado, sostener la legitimidad de su programa económico y preservar su competitividad electoral. Por otro, instalar una interpretación de la realidad que desligue a sus políticas económicas de los padecimientos materiales de la población. Ambas funciones se complementan.
Y esto es posible porque ese discurso es funcional al relato hegemónico del neoliberalismo, que atribuye la realidad económica de las personas a sus decisiones individuales y desplaza la responsabilidad de las políticas económicas. La famosa “meritocracia”.
Entonces, el resultado económico del gobierno no se evalúa por la realidad económica que uno vive personalmente, sino por la realidad económica que el propio gobierno relata. Si la economía anda “mejor que nunca” y vos estás cada vez peor, bajo esta lógica, la culpa es tuya. Como dicen algunos actores del gobierno, si te va mal es porque “no tenés cultura financiera”, porque no te esforzaste o no “manifestaste” —como dicen ahora algunas creencias contemporáneas— lo suficiente. En fin, porque sos un fracasado o una fracasada.
De esta manera, el relato económico triunfalista no solamente busca convencerte de que el gobierno está haciendo las cosas bien. También contribuye a construir una explicación de por qué, si las cosas están tan bien, a vos te está yendo tan mal. Y esa explicación resulta electoralmente funcional. Si el problema es tuyo y no de las políticas económicas, el gobierno puede seguir presentándose como exitoso sin tener que asumir el costo político de tus padecimientos individuales.
2. La heladera vacía y la construcción de la subjetividad
Estos relatos operan en la subjetividad para explicar las condiciones materiales que generan las políticas neoliberales. Por eso, aquella consigna política de “no le hagas caso a la TV, hacéle caso a la heladera” no tiene en cuenta que una heladera vacía es un dato de la realidad que no tiene un significado político por sí mismo. El problema es quién te explica por qué esa heladera está vacía y cómo lo hace.
En este contexto neoliberal, tanto su relato hegemónico —que explica la realidad— como sus resultados económicos —que son la realidad tangible y material, “la heladera vacía”— se potencian para la catástrofe individual y colectiva. Se deteriora la economía cotidiana de los trabajadores y, al mismo tiempo, se les dice que, si no llegan a fin de mes, es porque tomaron malas decisiones, no se esforzaron lo suficiente o no supieron adaptarse. Eso desarticula la sociedad, la fragmenta, la balcaniza. La violencia y la frustración que genera este proceso, en lugar de canalizarse colectivamente para promover un cambio positivo, pueden introyectarse y manifestarse individualmente en angustia, autoculpabilización y/o autoexplotación.
3. El deterioro económico y la culpabilización individual
Detrás de cada trabajador y trabajadora que no llega a fin de mes hay una explicación macroeconómica vinculada con las decisiones políticas que llevó adelante este gobierno. Según el IIEP UBA-CONICET, entre diciembre de 2023 y septiembre de 2026, el costo de la canasta de servicios públicos de referencia del AMBA aumentó un 867%, frente a una inflación acumulada estimada del 254%. A esto se suman la desregulación de los alquileres y las prepagas y las políticas oficiales orientadas a limitar los aumentos salariales mediante el llamado “cepo paritario”. Libertad para los precios y disciplinamiento para los salarios.
El endeudamiento y la dificultad para pagarlo son también manifestaciones de este deterioro del poder adquisitivo que es, a su vez, parte de un proceso de redistribución regresiva del ingreso, desde los sectores populares hacia la economía concentrada. Según el BCRA, en julio de 2026 la morosidad de los créditos bancarios a las familias alcanzó el 12,9%. En noviembre de 2015, último mes completo del gobierno de Cristina Kirchner, era del 2,4%. Hoy ese indicador es más de cinco veces superior.
El problema llega hasta la necesidad de endeudarse para afrontar alimentos, servicios y otros gastos cotidianos. Cuando el ingreso no alcanza, lo que no paga el salario lo paga el crédito. Para quienes atraviesan esta situación, el salario no alcanza ni para la mera subsistencia. El horizonte del crédito deja de ser comprar una propiedad, viajar al exterior o renovar los electrodomésticos, para pasar a ser comprar comida o pagar el alquiler.
Al padecimiento material se le agrega la culpabilización individual. La persona tiene que enfrentar las cuentas que no puede pagar y, además, cargar con un relato que le dice que su situación es responsabilidad exclusivamente suya. Ahí se encuentran las políticas económicas, la ideología meritocrática y la posverdad. La transformación de un problema social en una vivencia de fracaso personal.
4. El incremento de los suicidios y las políticas neoliberales
Como dije, esta combinación puede generar angustia, aislamiento y distintas formas de sufrimiento psíquico. Según el Sistema Nacional de Información Criminal del Ministerio de Seguridad, en 2025 se registraron en la Argentina 5.209 muertes por suicidio, un 22,6% más que las 4.249 registradas en 2024. Esa cifra prácticamente iguala la suma de las muertes por homicidios dolosos y siniestros viales registradas ese año: 1.676 y 3.583, respectivamente, que totalizan 5.259.
La comparación con 2015, último año de la presidencia de Cristina Kirchner, cuyo gobierno no llevó adelante una política económica neoliberal, muestra otros números. Ese año se registraron 4.330 muertes por accidentes de tránsito, 2.953 por suicidio y 2.846 por homicidios dolosos. Los suicidios equivalían al 41,2% de la suma de las muertes viales y los homicidios; en 2025, esa proporción llegó al 99%. Entre ambos años, la cantidad registrada de suicidios aumentó un 76,4% y pasó del segundo al primer lugar entre estas tres causas de muerte. Una verdadera catástrofe social.
Por supuesto, la sociología reconoce que el suicidio es un fenómeno multicausal. No puede explicarse exclusivamente por las políticas económicas, ni por la ideología meritocrática, ni por ninguna otra variable considerada aisladamente. Pero acá estamos analizando cómo las políticas neoliberales y su ideología dominante pueden intervenir simultáneamente sobre distintas dimensiones de esa multicausalidad. Sus resultados económicos y los efectos de su denominada “revolución cultural”.
Obviamente intervienen factores psicológicos, familiares, sanitarios, culturales, económicos y sociales que se relacionan entre sí. Pero reconocer esa multicausalidad no significa excluir del análisis las condiciones materiales de existencia ni las decisiones políticas que intervienen sobre ellas.
5. El desfinanciamiento de la salud mental y la prevención del suicidio
Son justamente estas políticas neoliberales las que contribuyen al deterioro de la salud pública y al desfinanciamiento de los dispositivos destinados a prevenir, detectar y atender el sufrimiento psíquico que puede derivar en suicidio.
Según un análisis presupuestario de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), el financiamiento nacional previsto para salud mental en 2026 era un 32,63% inferior, en términos reales, al ejecutado en 2023. Más grave todavía resulta la situación de la actividad de Apoyo y Promoción de la Salud Mental, cuya partida en el proyecto presupuestario de 2026 se reducía un 91,53% respecto de los recursos vigentes para 2025.
Se está debilitando toda una infraestructura y los recursos destinados a fortalecer abordajes comunitarios, capacitar equipos de salud, implementar intervenciones dirigidas a grupos de riesgo y garantizar dispositivos de acompañamiento.
A ello se suma el deterioro presupuestario de hospitales nacionales especializados en salud mental. Según datos analizados por ACIJ y publicados por Chequeado, los recursos disponibles para 2026 del Hospital Bonaparte y del Hospital Carrillo representaban reducciones reales del 51% y del 38%, respectivamente, frente a los niveles de 2023.
La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 y la Ley 27.130 de Prevención del Suicidio establecen responsabilidades estatales en materia de atención integral, prevención, asistencia y acompañamiento. Sin embargo, las restricciones presupuestarias dificultan el fortalecimiento de las redes públicas necesarias para cumplir esos objetivos.
Entonces, al deterioro de las condiciones materiales y a la construcción ideológica que individualiza la responsabilidad por ese deterioro se agrega una tercera dimensión: el debilitamiento de las herramientas colectivas e institucionales destinadas a contener y atender sus posibles consecuencias sobre la salud mental.
Es decir, el problema no es solamente que una persona pueda encontrarse económicamente peor y que le digan que la culpa es suya. Es también que, cuando ese sufrimiento se profundiza, las instituciones públicas encargadas de brindar acompañamiento y atención pueden encontrarse con menos recursos para responder.
No podemos analizar el aumento de los suicidios prescindiendo de este contexto económico, social, cultural y sanitario. La multicausalidad no significa que las causas sean independientes entre sí ni que las decisiones económicas y políticas carezcan de incidencia sobre las condiciones de vida y las posibilidades de prevención.
La culpabilización individual, el sufrimiento que se vive en soledad, la antipolítica y el debilitamiento de las redes de contención social constituyen un terreno particularmente preocupante para el desarrollo de esta problemática.
6. De la violencia introyectada a la disputa por el sentido de la realidad
En Niebla, de Miguel de Unamuno, su personaje Augusto Pérez, durante el diálogo que mantiene con el propio autor acerca de su intención de quitarse la vida, afirma: “Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros”.
Más allá del sentido literario de esta afirmación, me interesa recuperar la idea de una violencia que, en lugar de proyectarse hacia afuera, se dirige contra el propio individuo. No para sostener que el suicidio pueda explicarse como una forma de homicidio frustrado, sino para reflexionar sobre los mecanismos mediante los cuales determinados conflictos sociales pueden transformarse en sufrimientos vividos como fracasos exclusivamente personales.
En este caso, no se trataría de una cuestión de “falta de valor”, como expresa el personaje de Unamuno, sino de la dificultad para identificar las relaciones causales entre los padecimientos individuales y las condiciones sociales que contribuyen a producirlos.
Y esa dificultad no es casual. Existe una ingeniería comunicacional y cultural, producida y reproducida por los medios masivos de comunicación oligopólicos y otros dispositivos de construcción de sentido, que contribuye a invisibilizar las causas sociales del sufrimiento y a trasladar la responsabilidad de sus consecuencias a los propios individuos que las padecen.
De esta manera, las condiciones económicas que deberían ser objeto de discusión y organización colectiva pueden terminar siendo interpretadas como fracasos personales.
Y volvemos entonces al punto de partida: no alcanza con mostrarle a una persona que tiene la heladera vacía. La verdadera disputa política consiste en quién logra explicarle por qué está vacía. Y en ese sentido, el gobierno, por ahora, está triunfando.
Porque cuando un problema social es interpretado exclusivamente como un fracaso individual, no solamente se ocultan sus posibles causas estructurales: también se debilita la posibilidad de construir respuestas colectivas para transformarlo.