La lucha por el tiempo

En este columna, el autor analiza la disputa histórica por la jornada de trabajo y plantea que, detrás de cada flexibilización laboral, existe una disputa por el tiempo de vida de los trabajadores, mientras el capitalismo avanza también sobre el ocio y la atención.

LA FINITUD DE LA EXISTENCIA

Mientras caminaba por la calle vi a una persona muy mayor, con su piel finísima, sus arrugas arrugadas y todo encorvado mientras caminaba con dificultad. Me dije entonces: "Qué garrón llegar a esa edad"... Y luego pensé: "Qué garrón no llegar a esa edad".

No solo somos seres finitos, sino que también somos seres senescentes: nos vamos deteriorando con el tiempo. Y en ese devenir, o la muerte nos sorprende antes, o nos consume lentamente la propia caducidad de nuestro sustrato de vida, que es nuestro cuerpo, hasta el inexorable fin de nuestros días.

¿A qué voy con todo esto? A que el ser humano, alienado en este sistema mercantilista, donde la centralidad está puesta en el número abstracto del "debe" y el "haber", pierde la noción de que lo único verdaderamente importante que posee en este breve y fugaz paso por la vida es su ser y su tiempo. Y son precisamente esas dos cosas las que este sistema pretende siempre arrebatarnos.

Cuando decimos que el trabajador solo tiene su fuerza de trabajo para participar de la distribución del ingreso en el mercado laboral, lo que en realidad estamos diciendo no es un problema meramente práctico, sino ontológico. Estamos diciendo que el trabajador cuenta únicamente con lo más valioso que posee cualquier ser humano: su propio ser —del que emerge su fuerza de trabajo— y su propio tiempo, a través del cual esa fuerza se desarrolla y se despliega.

Es por eso que la discusión sobre la jornada de trabajo fue siempre uno de los pilares fundamentales de las luchas obreras. Porque el empleador no solo se apropia de la fuerza de trabajo ajena, sino también del tiempo ajeno. El trabajador alienado no solo aliena su ser trabajando para otro, convirtiéndose en instrumento de fines ajenos a sí mismo; también enajena una parte irrepetible de su tiempo. Durante una parte de su vida, su tiempo deja de pertenecerle para pertenecer a otro. Y en ambas situaciones, teniendo en cuenta la caducidad de su cuerpo y la finitud de su tiempo, entrega su fuerza, su tiempo y su juventud a un tercero a cambio de un salario. ¿Realmente podemos creer que hay un intercambio justo ahí?

LA JORNADA COMO DISPUTA POR LA VIDA

Desde los inicios de las luchas obreras se comprendió que la pelea de la clase trabajadora nunca fue únicamente una lucha por mejores condiciones materiales de existencia. Fue también, y quizás antes que nada, una lucha por recuperar el tiempo propio. Por volver a ser dueña de una parte de su vida. ¿Qué otra cosa es la libertad si no?

No es casual que una de las primeras y más importantes reivindicaciones del movimiento obrero haya sido la limitación de la jornada de trabajo. Tampoco es casual que el Día Internacional de los Trabajadores conmemore a los Mártires de Chicago, ejecutados por reclamar una jornada de ocho horas. Aquella consigna no expresaba solamente una reducción horaria; afirmaba una idea mucho más profunda: que el ser humano no había nacido únicamente para trabajar. Y mucho menos en el marco de un sistema capitalista.

Cada hora conquistada para el descanso, para la familia, para el estudio, para la participación política, para el arte o simplemente para la contemplación de la vida representó una conquista de libertad. Porque cuanto mayor es la porción de tiempo que el trabajador debe entregar para garantizar su subsistencia, menor es el tiempo que conserva para construirse a sí mismo.

Por eso, siempre, cada flexibilización laboral implicó también una disputa por el tiempo. No solo se intentó reducir la responsabilidad jurídica de los empleadores o abaratar el costo del despido; también se procuró ampliar la disponibilidad temporal del trabajador en favor del capital. Esa lógica vuelve a presentarse hoy con figuras como el Banco de Horas impulsado por el gobierno de Javier Milei, que diluye los límites tradicionales de la jornada laboral bajo el argumento de la flexibilidad.

¿PARA QUÉ QUIEREN TRABAJAR MENOS?

En esa misma línea resultan ilustrativas las palabras del actual secretario de Trabajo, Julio Cordero, cuando durante el debate parlamentario sobre un proyecto de reducción de la jornada laboral preguntó: "¿Para qué quieren trabajar menos? ¿Para ir afuera a hacer qué?".

La pregunta parece inocente, pero encierra una determinada concepción del hombre. Presupone que el tiempo solo adquiere valor cuando produce riqueza y que el trabajador debe justificar cualquier momento de su existencia que no esté destinado a trabajar para otro.

LA BATALLA CULTURAL POR EL TIEMPO LIBRE

Pero la batalla por el tiempo nunca se libró solamente en las fábricas, en las huelgas o en el Congreso. También se dio en el terreno de la cultura.

Desde hace más de un siglo se construyeron discursos destinados a disciplinar el uso del tiempo libre de la clase trabajadora. La figura del "vago", del que "no quiere trabajar", del que "vive de arriba", apareció una y otra vez cada vez que los trabajadores reclamaban una reducción de la jornada, vacaciones, licencias o simplemente más tiempo para vivir. Siempre se puso bajo sospecha aquello que el trabajador pudiera hacer con su tiempo cuando dejaba de producir riqueza para otro.

EL CAPITALISMO TAMBIÉN COLONIZA EL OCIO

Sin embargo, el capitalismo contemporáneo fue todavía más lejos. Ya no le alcanza con apropiarse del tiempo del trabajador durante la jornada laboral. También busca apropiarse de su tiempo libre.

Si el tiempo de trabajo produce plusvalía, el tiempo de ocio también puede transformarse en una fuente de rentabilidad. Al fin y al cabo, el capitalismo es una maquinaria que se alimenta del tiempo humano. La industria del entretenimiento, las redes sociales y las plataformas digitales compiten ferozmente por captar cada minuto disponible de nuestra existencia. Series pensadas para que un capítulo conduzca automáticamente al siguiente; algoritmos que estudian nuestros deseos para mantenernos conectados; reels infinitos, videos breves, notificaciones permanentes y plataformas diseñadas para prolongar nuestra atención durante horas. Todo creado para cooptar nuestro tiempo. El bien más escaso que posee un ser humano.

El capital comprendió hace rato que el tiempo libre también podía explotarse económicamente. Si no puede apropiarse de nuestra fuerza de trabajo, intentará apropiarse de nuestra atención. Si no puede obtener plusvalía de nuestro trabajo, buscará obtener ganancias convirtiendo nuestro ocio en mercancía.

De este modo, el capitalismo termina colonizando la totalidad de la existencia humana. Durante la jornada laboral explota nuestro trabajo; fuera de ella procura capturar nuestro tiempo, nuestros deseos, nuestros hábitos de consumo y hasta nuestra capacidad de concentración. La lógica de la rentabilidad ya no termina cuando salimos del trabajo; nos acompaña hasta el living de nuestra casa, hasta el teléfono que llevamos en el bolsillo e incluso hasta los pocos momentos de silencio que todavía nos quedan.

LA PEOR PLUSVALÍA

Pero ¿realmente es equiparable el tiempo que el trabajador pierde para sí trabajando para otro? ¿Puede un salario compensar la juventud que se entrega? ¿Aquello que ya no vuelve?

A simple vista pareciera que el trabajador vende únicamente su fuerza de trabajo. Sin embargo, esa fuerza no existe separada de quien la posee. Solo puede manifestarse a través de un cuerpo que consume una parte irrepetible de su propia existencia trabajando para otro. Y esa porción de tiempo, de juventud y de vida, una vez entregada, jamás podrá recuperarse.

Allí reside entonces la verdadera dimensión del trabajo asalariado. No consiste solamente en intercambiar trabajo por dinero. Consiste en entregar fragmentos irrepetibles de una existencia finita y senescente a cambio de una remuneración que, por definición, nunca podrá devolver el tiempo vivido. Es la plusvalía peor que nos quitan. Porque ya no vuelve.

LA FUNCIÓN DEL DERECHO LABORAL

Frente a esa realidad, la función del derecho laboral adquiere toda su dimensión ética y política. Mientras la humanidad no construya un sistema en el que el trabajo deje de organizarse sobre la apropiación del tiempo ajeno, el derecho laboral constituye el mínimo dique de contención frente a esa desigualdad estructural. Su finalidad no es abolir la explotación propia del trabajo asalariado —porque ello excede los límites del derecho—, sino impedir que esa explotación se convierta en abuso. Limitar la jornada, garantizar descansos, vacaciones, licencias, salarios dignos, condiciones seguras de trabajo y estabilidad relativa en el empleo no son privilegios ni concesiones graciosas: son mecanismos destinados a devolver al trabajador una parte del tiempo, de la salud y de la dignidad que el propio sistema tiende permanentemente a absorber.

Por eso, cada flexibilización laboral que amplía jornadas, reduce descansos o debilita garantías no representa simplemente una modificación técnica de las normas. Representa una nueva apropiación del tiempo de vida de quienes trabajan. Y si el tiempo es la materia de la que está hecha nuestra existencia, defender el derecho laboral es, en definitiva, defender la vida misma frente a la lógica que pretende convertirla íntegramente en mercancía.