Debido a que en mi anterior posteo el título sarcástico no funcionó —para la comunicación política no hay peor error que utilizar el recurso del sarcasmo para comunicar una idea—, quiero volver a desarrollar y explicar mejor una hipótesis que tengo sobre por qué una parte de la población siente que con este Gobierno las cosas están mejor, incluso cuando sus condiciones materiales de existencia hayan empeorado ostensiblemente.
Cuando la gente dice que siente un cambio positivo con este Gobierno, no necesariamente miente. No necesariamente se hace “la boluda” porque “le da vergüenza lo que votó”. Lo que creo que sucede es que puede estar experimentando una mejoría real, pero no en sus condiciones económicas, sino en su estado psicológico y emocional. Algo que influye en su estado de ánimo y en su cuerpo.
Durante los gobiernos anteriores, gran parte de los medios de comunicación oligopólicos ejercían sobre la población una violencia y presión psicológica constante. Todos los días te decían que estaba “todo mal”, que “eran todos chorros”, que te estaban robando tu dinero, que los planeros vivían de tus impuestos y que la inseguridad era insoportable. Era lo que ellos mismos denominaron “periodismo de guerra”. Generaban una sensación constante de alarma, inconformidad, bronca y odio.
No estoy diciendo que esos problemas no existieran. Estoy hablando de cómo eran presentados, amplificados hasta el hartazgo y la crispación. Utilizados mediáticamente para producir determinadas emociones negativas en los cuerpos de la población.
Esa presión y violencia mediática no solamente influye en lo que pensamos. También influye en lo que sentimos y, por lo tanto, en nuestro cuerpo y estado de ánimo. Y, por ende, en nuestra percepción de la realidad individual y colectiva.
El miedo por la desbordante inseguridad, la bronca insoportable por sentir que los corruptos nos roban, el odio absoluto hacia los supuestos privilegiados que viven de nuestros impuestos, la indignación permanente. Todas esas emociones tienen efectos físicos. La bronca, la angustia, el miedo y el estrés se sienten en el cuerpo.
Lo mismo sucede en la guerra: los soldados viven en constante estrés. Ya conocemos muchas fotos del "antes y después" de la guerra. Sus cuerpos pudieron no ser atravesados por una bala, pero sí por el estrés, el nerviosismo, el miedo, la bronca y el dolor constante. Y vuelven muchísimo más envejecidos. Las emociones influyen en nuestro cuerpo.
Entonces, mi hipótesis es que una parte de la población dejó de experimentar esa presión psicológica y violencia psicológica permanente que sufría durante los gobiernos peronistas. Porque justamente los medios que antes la ejercían hoy tienen una actitud muy diferente y complaciente frente al Gobierno actual.
Entonces, esa dosis de violencia y dolor psicológico que repercute en los cuerpos ya no la está sintiendo parte de la población. ¿Hay menos delitos? No, y tal vez más. ¿Hay menos corrupción? No, y tal vez más. Pero los medios ya no hablan de eso. No con el bombardeo que anteriormente llevaban adelante.
Entonces, aunque esa persona hoy tenga menos poder adquisitivo, aunque llegue con más dificultades a fin de mes o aunque sus condiciones materiales hayan empeorado, puede experimentar una sensación de alivio que antes no tenía.
Ese alivio es real, porque es real que no están siendo bombardeados como antes y esas emociones negativas ya no los afectan como antes. No porque necesariamente esté viviendo mejor, sino porque dejó de experimentar parte de aquella indignación, aquella bronca y aquel estrés que antes le eran inducidos cotidianamente y repercutían en su cuerpo y estado de ánimo.
Lo que mejoró no es su realidad económica, sino el clima emocional en el que interpreta esa realidad.
Y como esa persona efectivamente se siente mejor, atribuye esa mejoría al Gobierno, sin advertir que ese bienestar subjetivo en realidad proviene de la desaparición de aquella presión mediática. Del armisticio de ese periodismo de guerra con el que bombardeaban su psiquis a diario. Esta población que los medios tenían de rehén fue liberada. Al menos, momentáneamente.
Por qué entonces no alcanza con decir “hacéle caso a tu heladera y no al televisor”
Por eso considero insuficiente aquella consigna que dice: “Hacéle caso a tu heladera y no al televisor”.
Esa consigna parte de una premisa equivocada: que las personas evalúan racionalmente su situación económica a partir de sus condiciones materiales de existencia y que, por lo tanto, si viven peor, necesariamente van a percibir que están peor.
Pero las personas no somos sujetos puramente racionales. Nuestra percepción de la realidad también está atravesada por las emociones, las creencias, las identidades y los discursos que consumimos cotidianamente.
La heladera puede estar más vacía, pero si desapareció buena parte de la presión mediática que antes te provocaba bronca, miedo, indignación y estrés, podés sentirte mejor. Y si te sentís mejor, podés interpretar que las cosas están mejor, aunque objetivamente tu situación económica haya empeorado.
De la misma manera, podías tener la heladera más llena durante un Gobierno anterior y, sin embargo, sentir que vivías en un país en permanente decadencia, rodeado de delincuentes, corruptos y privilegiados que vivían a costa tuya.
Entonces no es que la gente es idiota, sino que está siendo altamente manipulada en grados que no estamos viendo ni analizando. Porque pareciera un relato de ciencia ficción. Pero si ya está comprobado que los celulares utilizan impulsos y condicionamientos para captar nuestra atención y que nuestro cerebro genere más dopamina, y así captar nuestra atención, ¿por qué no vemos que con los medios pasa lo mismo?
A través de la manipulación gráfica, sonora y psicológica, los medios pueden generar estados de ánimo en nuestro cuerpo capaces de manipular comportamientos. No es ciencia ficción, está comprobado.
La consigna supone que la realidad material determina directamente la percepción política. Mi hipótesis es que entre ambas interviene la construcción mediática de la realidad y, fundamentalmente, las emociones que esa construcción produce. Y, por sobre todas las cosas, la ingeniería social a través de la tecnología de manipulación psicológica, que fue desarrollada primero para que consumamos productos y luego para que votemos a determinados grupos.
Por eso no alcanza con decirle a una persona que mire su heladera. Porque esa persona ya sabe lo que tiene en la heladera. El problema es cómo interpreta su situación, qué emociones experimenta y a quién le atribuye la responsabilidad de lo que le sucede.
Y esa interpretación no se construye únicamente a partir de la experiencia individual, sino también a partir de los discursos que circulan socialmente.
En definitiva, los medios de comunicación pueden contribuir a que una persona se sienta peor cuando económicamente está mejor, y a que se sienta mejor cuando económicamente está peor.
Porque una cosa son nuestras condiciones materiales de existencia y otra es cómo percibimos y sentimos esas condiciones. Y muchas veces confundimos una cosa con la otra.
Por eso era tan importante la reforma mediática que trató de llevar adelante el Gobierno, pero que fue justamente demolida porque antes faltó llevar adelante una reforma judicial.