Tras 116 años de historia, Minicuotas Ribeiro cerró su último local y dejó un tendal de extrabajadores que todavía no cobraron sus indemnizaciones

La histórica cadena de electrodomésticos bajó la persiana de su tienda de Villa Mercedes, San Luis, donde había comenzado su historia. La crisis se profundizó durante el macrismo, cuando los empleados empezaron a cobrar sus salarios en irónicas minicuotas. Años después de los despidos y los cierres, muchos extrabajadores todavía esperan que les paguen las indemnizaciones adeudadas.

Viernes, 09 de octubre de 2026 15:23


Minicuotas Ribeiro cerró el último local que mantenía abierto en el país y puso fin a una historia comercial de 116 años. La emblemática tienda de Villa Mercedes, San Luis, donde nació la empresa familiar, bajó definitivamente la persiana, en el desenlace de una crisis que comenzó durante el gobierno de Mauricio Macri y que dejó a cientos de trabajadores en el camino.

La firma había llegado a tener 87 sucursales y una plantilla de unos 2.500 empleados en todo el país. Su expansión se apoyó en un sistema de financiación que le permitió vender electrodomésticos a personas sin acceso al crédito bancario tradicional. Sin embargo, el modelo que le dio identidad a la compañía terminó convertido en una ironía para sus propios trabajadores: desde fines de 2018, comenzaron a cobrar sus salarios en minicuotas.

Del crecimiento nacional a los sueldos en minicuotas

La historia de Ribeiro comenzó en 1910, en San Luis, cuando Manuel Ribeiro fundó un comercio de joyería, relojería y óptica. Con el tiempo, la empresa familiar incorporó electrodomésticos y se expandió por distintas provincias. La tercera generación, encabezada por el sociólogo Manuel Ribeiro, impulsó el sistema de financiación que convirtió a la marca en una referencia del comercio minorista.

Las minicuotas surgieron como una prueba piloto en 2001, en el Bajo Flores, y se lanzaron oficialmente en 2006. Inspirado en el modelo del Grameen Bank, creado por Muhammad Yunus en Bangladesh, el sistema apuntaba a ofrecer crédito a personas no bancarizadas, sin recibo de sueldo y con ingresos provenientes de changas u otros trabajos informales.

Durante años, esa modalidad le permitió a Ribeiro competir con las grandes cadenas de electrodomésticos y construir una extensa red comercial. Pero hacia fines de 2018 comenzaron a acumularse los problemas financieros y el deterioro llegó directamente a los bolsillos de los trabajadores.

La empresa empezó a pagar los salarios de manera fraccionada, en cuotas, mientras crecía la incertidumbre sobre la continuidad laboral. En 2019 solicitó un Procedimiento Preventivo de Crisis, cerró sucursales, despidió personal y buscó un socio que pudiera sostener el negocio. Ese inversor nunca llegó.

Huelgas de hambre, desesperación y sucursales cerradas

La falta de pago de los salarios generó situaciones dramáticas. En Tartagal, una trabajadora llamada Teresa llegó a iniciar una huelga de hambre para reclamar lo que le correspondía. En octubre de 2019, otro episodio expuso el nivel de desesperación que atravesaban los empleados: un trabajador ingresó con un automóvil a un local de Caballito.

Mientras la crisis se profundizaba, los cierres se multiplicaron a lo largo del país y miles de familias quedaron expuestas a la pérdida de sus ingresos. La empresa que había construido su identidad alrededor de la financiación en pequeñas cuotas ya no podía sostener su estructura comercial.

El cierre definitivo del local de Villa Mercedes termina de sellar ese proceso. No se trata solamente del final de una marca histórica: también representa el desenlace de una crisis que golpeó a sus trabajadores durante años y cuyos efectos siguen sin resolverse.

Los extrabajadores todavía esperan las indemnizaciones

Una de las consecuencias más graves de la caída de Ribeiro sigue vigente: muchos de los trabajadores despedidos todavía esperan cobrar las indemnizaciones que les adeudan.

En medio de los cierres, numerosos empleados recibieron la promesa de que los pagos se realizarían en cuotas. Sin embargo, esas obligaciones continúan pendientes para extrabajadores que llevan años reclamando el dinero que les corresponde por ley y que debieron afrontar la pérdida de sus puestos en un contexto de salarios impagos e incertidumbre.

Para esas familias, la persiana baja no es una noticia nueva. La crisis comenzó mucho antes del cierre definitivo, cuando la empresa empezó a pagar los sueldos en minicuotas y avanzó con despidos y cierres de sucursales. Lo que todavía falta es que se resuelva la deuda con quienes sostuvieron el negocio durante años.

La historia de Ribeiro deja así una paradoja: la cadena que se propuso dar crédito a quienes quedaban afuera del sistema bancario terminó sin poder cumplir plenamente con sus propias obligaciones hacia los trabajadores. Tras 116 años, la última sucursal cerró, pero para muchos de sus extrabajadores el conflicto sigue abierto.

 

OTRAS NOTICIAS
ÚLTIMAS NOTICIAS