La escena se repite cada vez con mayor frecuencia. La crisis económica, la pérdida de poder adquisitivo y la falta de empleo formal empujan a sectores de la clase media a buscar ingresos en plataformas de transporte. En ese contexto, en los últimos tres meses alrededor de 100 mil personas se sumaron como choferes de aplicaciones de viajes en la Argentina, configurando un fenómeno que crece al ritmo del deterioro social.
Ya no se trata solo de trabajadores informales: hoy aparecen profesionales, docentes universitarios, jubilados y asalariados empobrecidos que combinan sus actividades con jornadas al volante de las apps Uber, Cabify y Didi. Muchos lo hacen en silencio, incluso ocultándolo a sus propias familias, atravesados por una sensación de vergüenza que se repite en los testimonios.
“Estos ya no son los juegos del hambre, son los juegos del rascaollas”, grafica en un artículo de Página 12 Claudio S., jubilado de 72 años que comenzó a manejar en 2024 para completar ingresos. “Hay viajes de dos mil pesos y cada vez veo más choferes nuevos sin experiencia jugándose la vida por muy poco dinero”, advierte.
Explosión de choferes y caída de ingresos
Desde la Asociación de Choferes de Aplicaciones Unidos estiman que actualmente hay unos 500 mil conductores activos en todo el país. Solo en el último año se habrían incorporado cerca de 100 mil nuevos trabajadores, una cifra que refleja el impacto de la crisis laboral.
“La mayoría son personas de clase media que no llegan a fin de mes. Es una actividad de entrada y salida permanente”, explica Pablo León, referente del sector.
Sin embargo, el crecimiento de la oferta tiene un efecto directo sobre los ingresos: más conductores implican tarifas más bajas y condiciones cada vez más desfavorables. “Estamos trabajando por debajo de los costos”, resume León.
El cálculo es contundente: un chofer full time puede facturar alrededor de dos millones de pesos mensuales trabajando unas diez horas por día, pero de ese monto debe descontar combustible, mantenimiento, depreciación del vehículo y cargas impositivas. El margen final, en muchos casos, es mínimo o directamente negativo.
El riesgo como parte del trabajo
A la ecuación económica se suma un factor determinante: la inseguridad. Subirse al auto con desconocidos, muchas veces en zonas peligrosas, se vuelve parte del oficio.
El asesinato de Cristian Pereyra, docente que trabajaba como chofer en La Matanza, expuso crudamente los riesgos de la actividad. “Ahora lo pienso dos veces”, reconoce Claudio.
Además, los conductores carecen de cobertura laboral: no tienen ART, obra social ni respaldo ante accidentes o conflictos. Todo el riesgo recae sobre ellos, mientras las plataformas fijan las condiciones mediante algoritmos.
El algoritmo y la precarización
El modelo de las aplicaciones replica la lógica de otras plataformas: los trabajadores aportan las herramientas y asumen los costos, mientras las empresas administran la demanda y las tarifas.
Las penalizaciones por rechazar viajes, la falta de información previa sobre los destinos y las tarifas congeladas en un contexto inflacionario configuran un esquema de fuerte precarización.
Mariana S., trabajadora de la industria audiovisual, comenzó a manejar tras quedarse sin empleo. “La semana que mejor me fue gané 400 mil pesos, pero trabajando diez horas por día todos los días. Después llegaron las multas y todo dejó de tener sentido”, relata.
El regreso de los ‘90
Para muchos, el fenómeno remite a otras etapas críticas del país. David C., geólogo de 67 años, traza un paralelismo con los años noventa: “Antes eran los remises, los parripollos o las canchas de paddle. Hoy es Uber. Es el mismo proceso: caída del salario, pérdida de empleo y rebusque”.
La comparación no es casual. La actual expansión de las apps como refugio laboral aparece ligada a un ciclo de desindustrialización y ajuste que empuja a amplios sectores a la informalidad.
El factor vergüenza
Un rasgo distintivo de esta nueva ola es el componente subjetivo. Muchos trabajadores viven su ingreso a las plataformas como una “caída”.
“Para nosotros era eso: una caída. Pero no quedaba otra”, cuenta una mujer que empezó a manejar junto a su pareja tras quedarse sin empleo. Él, incluso, demoró meses en animarse por temor a cruzarse con conocidos.
El fenómeno expone también una transformación cultural: la individualización de los problemas laborales y la pérdida de marcos colectivos para interpretarlos.
Un sistema sin regulación
Desde el sector advierten que la falta de regulación agrava la situación. Las plataformas, muchas radicadas en paraísos fiscales, operan sin controles claros y sin límites en la cantidad de conductores.
“El cupo se tendría que haber cerrado hace años. Cuantos más choferes hay, más ganan las empresas”, señalan.
La consecuencia es un círculo vicioso: más trabajadores ingresan para compensar la pérdida de ingresos, pero ese mismo ingreso masivo reduce aún más la rentabilidad.
“Si todo sigue así, va a llegar un momento en que vamos a estar haciéndonos viajes entre nosotros”, ironiza León.
En ese escenario, el crecimiento de las apps de transporte deja de ser una solución y se convierte en un síntoma: el de una economía que expulsa trabajadores del empleo formal y los empuja a una intemperie cada vez más profunda.