La Copa del Mundo Obrera de 1934: cuando los sindicatos usaron la pelota para denunciar el fascismo

Como forma de protestar por el ascenso de Benito Mussolini al poder de Italia y el avance del autoritarismo en territorio Europeo, se creó este evento entre trabajadores de izquierda, que consagró a la Unión Soviética en París. 

Por Diego Lanese

Redactor de Data Gremial

Domingo, 21 de junio de 2026 14:00

En las vísperas del Mundial de Fútbol de 1934, el campeón defensor del título Uruguay enfrentaba un dilema. Debía viajar al viejo continente a poner en juego la copa, que había ganado con hidalguía ante la Argentina consagrando un largo predominio en este naciente deporte, que comenzó con los juegos olímpicos del 24 y el 28, o estaba dispuesto a darle un mensaje al mundo, respecto de la situación política que se vivía en Italia. El argumento para no participar de muchas naciones era la preocupación que generaba el ascenso de Benito Mussolini al poder, unificando su país bajo la bandera del fascismo. En el caso uruguayo, era una especie de “devolución de gentilezas”. El primer evento de la FIFA fue boicoteado por las naciones europeas, que no quisieron afrontar el largo viaje en barco hacia tierras charrúas. Ahora Uruguay, dos veces campeón olímpico y primer campeón mundial, haría lo propio. Esto fue aprovechado por un grupo de sindicatos comunistas y organizaciones de izquierda para llamar a boicotear la copa mundial. Para eso, organizaron en París un evento alternativo, que supo tener la participación de equipos formados por obreros revolucionarios, que dieron un menaje de fraternidad. Bienvenidos a la Copa del Mundo Obrera de 1934 de París.

El 28 de octubre de 1922 había subido al poder en Italia el partido fascista. Su líder, Benito Mussolini, creía en la supremacía de la raza italiana  y que, como en la antigua Roma, serían de nuevo los amos del mundo. A Mussolini no le gustaba el fútbol pero era consciente del poder propagandístico que tenía para influir en defensa del régimen fascista. Por esa razón, desde el ‘30 se dio una política para lograr que la nueva sede fuera Italia. Primero eliminó al otro país aspirante, Suecia, que luchó con Italia por acoger el Mundial. Sin embargo, retiró su candidatura en 1932, dejando el camino libre a Mussolini, ya que el Comité Organizador de la Copa estaba dirigido por Achille Starace, secretario general del Partido Nacional Fascista y por el general Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol. Como eran tantos los equipos inscriptos, fue necesario hacer una fase previa de preselección. A pesar de ser la anfitriona, Italia tuvo que jugar contra Grecia. La “ida” se disputó en Milán y acabó con un 4-0 a favor de la selección italiana. Grecia renunció a jugar el partido de vuelta y a intentar una remontada imposible. Como compensación, Italia regaló 400 mil dólares a los griegos para que construyeran su sede de la Federación de Fútbol en Atenas.

Ante este verdadero escándalo, no sólo hubo abstenciones, como la uruguaya. Las federaciones obreras querían demostrar que otro deporte era posible, solidario, internacionalista y libre de chovinismos. Ese impulso desembocó, en el verano de 1934, en la organización de una Copa del Mundo Obrera en pleno París del Frente Popular. La competición formó parte de un evento mayor: el Encuentro Internacional de Deportistas contra el Fascismo y la Guerra, una suerte de Espartaquiada occidental organizada por la FST comunista pero abierta, por primera vez, a la federación socialista USSGT.

La idea era sencilla y radical a la vez: reunir en los estadios parisinos a delegaciones de diferentes países para celebrar el deporte como un acto de fraternidad y resistencia política. “Deporte rojo, frente rojo”, proclamaba la pancarta bajo la que desfilaron cerca de tres mil atletas de dieciocho países. Frente a la espectacularización del fútbol oficial, el torneo obrero aspiraba a recuperar el sentido comunitario del juego y convertirlo en una plataforma de movilización.

Política y camaradería

La Copa del Mundo Obrera, disputada del 11 al 14 de agosto de 1934, reunió a doce equipos, entre ellos uno procedente de Estados Unidos. No participaron selecciones nacionales al uso, sino representaciones de las federaciones obreras de cada país. Alemania, por ejemplo, estuvo ausente debido a la represión nazi, pero se permitió competir a conjuntos de Alsacia y Sarre como símbolo de solidaridad con los trabajadores perseguidos.

También hubo un equipo soviético, cuya presencia irritó al Gobierno francés, ya con la mosca detrás de la oreja por la dimensión política del evento. Los partidos se disputaron en estadios municipales de Clichy, Ivry o Saint-Denis, espacios identificados con la cultura obrera de los suburbios, y la final se celebró en el velódromo Buffalo de Montrouge.

Más que los resultados, la Unión Soviética se impuso al equipo noruego de la Internacional Socialista, lo relevante fue el espíritu que impregnó el torneo. No había fases eliminatorias al estilo FIFA, cada encuentro se organizaba a partir de vínculos entre clubes y federaciones, buscando la cooperación más que la exclusión. Los propios jugadores franceses colaboraron en la logística. Buscaron alojamiento en cafés conocidos, repartieron 400 mil octavillas en autobuses y pegaron carteles por toda la ciudad.

Los partidos servían para lanzar mensajes políticos, recaudar fondos o mostrar solidaridad con presos y perseguidos. En uno de los encuentros, dos equipos holandeses, uno de la órbita comunista y otro socialista, jugaron en apoyo al líder comunista alemán Ernst Thälmann, encarcelado por los nazis, que acabaría fusilado en Buchenwald.

El reglamento, de hecho, reflejaba esa ética: en los años veinte y treinta ya se permitían sustituciones de portero por lesión, una innovación que la FIFA no adoptaría hasta 1958, y también se experimentaba con jueces de línea adicionales para asegurar un arbitraje más justo. El ideal podía ser utópico, pero se traducía en hechos concretos: el juego limpio, la protección de los más vulnerables y la convicción de que el fútbol debía ser una herramienta de emancipación, no de conflicto.

De esta manera, el torneo parisino, celebrado en los “bastiones rojos” del este de la ciudad, logró la asistencia de más de 20 mil personas a la ceremonia inaugural en el estadio Pershing, convertida en una demostración de unidad política y deportiva frente a la guerra y al fascismo.

Para la prensa comunista, este “verdadero deporte libre de venalidad y chauvinismo” demostraba que la clase trabajadora podía organizar su propio Mundial. El colofón llegó con la final en el estadio Buffalo de Montrouge: 25 mil aficionados, muchos recién salidos de las fábricas y oficinas, que abarrotaron las gradas para ver cómo la Unión Soviética derrotaba a Noruega por 3–0 y se proclamaba campeona del mundo obrera.

Vencer o morir

Jules Rimet, padre de la competición, llegó a afirmar que “no fue realmente la FIFA quien organizó la Copa del Mundo, sino Mussolini”, según cita el periodista deportivo Tom Weber. Fue un torneo concebido como contrapeso político y moral al uso del deporte por parte de los regímenes totalitarios.

Los trabajadores no tenían nada contra los trabajadores. Había que “superar los antagonismos mantenidos por la burguesía”, en palabras del historiador Nicolas Kssis. Incluso tras episodios tan tensos como la ocupación francesa del Ruhr, los equipos obreros de ambos países se enfrentaban para reivindicar la fraternidad de clase y denunciar el Tratado de Versalles.

Aquella Copa del Mundo tuvo un impacto que desbordó lo deportivo. Por primera vez, comunistas y socialistas desfilaron juntos bajo una misma pancarta, anticipando el Frente Popular francés de 1936.

El torneo aceleró la reunificación del movimiento deportivo obrero en la FSGT, y envió al mundo una señal clara: el deporte podía ser un arma política contra el fascismo. Tras el torneo de 1934 llegaron nuevas ediciones, en Amberes, en París, y los equipos obreros siguieron compitiendo incluso mientras Europa se precipitaba hacia la guerra. Pero ese impulso se quebró trágicamente tras el pacto germano-soviético y la ocupación nazi, los comunistas fueron expulsados de la FSGT, algunos pasaron a la Resistencia y el deporte obrero francés fue progresivamente liquidado o cooptado, “herido de muerte” tras lo que fue considerado como “la traición de Stalin.

Porque la idea de un deporte antifascista que surgió no era solo teórica, ya se venía de la Antiolimpiada de 1932 en Estados Unidos. Y en Francia, durante encuentros de la FST o de clubes obreros de suburbios como Ivry, Bobigny o Saint-Denis, los partidos se abrían con La Internacional, las gradas se llenaban de banderas rojas y en el descanso se pronunciaban discursos contra la guerra que se avecinaba.

El fútbol y el atletismo se transformaron en espacios de pedagogía política. Para muchos jóvenes trabajadores, el estadio obrero era el primer lugar donde escuchaban hablar de solidaridad internacional, de unidad sindical o de la defensa de la República. El deporte rojo se convirtió así en una escuela cívica que funcionaba donde a veces no llegaban ni el partido ni el sindicato.

Ese impulso alcanzó su máxima expresión en la preparación de la Olimpiada Popular de Barcelona, prevista para el 19 de julio de 1936. El proyecto nació como una respuesta directa a los Juegos Olímpicos de Berlín, que se habían convertido en el escaparate propagandístico del nazismo. Barcelona quería enviar un mensaje al mundo, demostrar que otro deporte era posible. Se esperaba la llegada de seis mil deportistas de más de veinte países, incluidos numerosos exiliados alemanes, austríacos e italianos.

La ciudad se preparó con entusiasmo, alojamientos en casas de vecinos, actos culturales en Montjuïc, exhibiciones deportivas y desfiles antifascistas.  La Olimpiada Popular no era solo un evento deportivo, era una declaración política. Rechazaba explícitamente el racismo, el nacionalismo excluyente y el culto a la fuerza promovido por los Juegos de Hitler.

Su programa incluía también competiciones mixtas, actividades culturales y actos de fraternidad entre delegaciones obreras. Barcelona, además, aparecía como símbolo de una España que apostaba por un Frente Popular amplio, capaz de frenar a la extrema derecha. Durante la semana previa, la prensa catalana y francesa hablaba del acontecimiento como un hito histórico; muchos deportistas habían llegado ya a la ciudad y recorrían sus calles vestidos con los colores de sus federaciones.

Pero la historia se torció en cuestión de horas. La noche del 18 de julio de 1936, mientras las delegaciones afinaban los últimos preparativos, la sublevación militar de Franco estalló por toda España. En Barcelona, los deportistas se vieron sorprendidos por los disparos, las barricadas y la resistencia popular contra los golpistas. Según algunos testimonios, varios atletas participaron espontáneamente en los primeros enfrentamientos. “Habíamos venido a combatir al fascismo en el estadio, pero se nos presentó la ocasión de combatirlo sin má”, se llegó a decir.

La Olimpiada Popular quedó suspendida antes incluso de inaugurarse, convertida en víctima inmediata del golpe, pero muchos de aquellos atletas se integrarían en las Brigadas Internacionales, en columnas anarquistas como la Durruti o en batallones comunistas como el Thälmann. El deporte acabó, de nuevo, entrando en combate.