Desempleo, salarios en caída y asistencia en alza: ¿La Argentina de Milei avanza hacia una sociedad post trabajo con una “renta universal” de hecho?

La apertura indiscriminada de importaciones, la caída del consumo, la reconversión productiva agudizada por el avance de la robotización y la IA aceleran la destrucción de empleo formal. Mientras salarios y jubilaciones se hunden y el trabajo deja de ser un factor de inclusión social, el Estado expande la asistencia para administrar una exclusión que el propio modelo económico produce.

Por Matías Tagliani

Director de Data Gremial

Jueves, 15 de enero de 2026 13:30

En la Argentina de Javier Milei, la destrucción de empleo no es un daño colateral del ajuste, sino el resultado de una combinación deliberada de políticas: caída del consumo interno, apertura indiscriminada de las importaciones, retracción del Estado y una reconversión productiva acelerada que expulsa trabajo humano del sistema económico.

La liberalización comercial, presentada como un camino hacia la eficiencia, golpea de lleno a la industria nacional, el comercio y la construcción, sectores intensivos en mano de obra que no pueden competir con productos importados a precios subsidiados o producidos en condiciones laborales imposibles de replicar localmente. El resultado es conocido: cierres, suspensiones y despidos.

Menos consumo, más importaciones, menos trabajo

La caída del poder adquisitivo de los salarios derrumba el consumo interno, y ese desplome retroalimenta la pérdida de empleo. Pero a diferencia de otros ciclos recesivos, esta vez el mercado interno no encuentra refugio: la apertura importadora indiscriminada termina de desplazar a la producción local, acelerando la destrucción de puestos de trabajo formales.

A este proceso se suma una transformación más profunda y global: la robotización avanzada y la incorporación de inteligencia artificial, que reducen la necesidad de trabajo humano incluso en sectores que antes parecían protegidos. El empleo que se pierde no vuelve, o vuelve precarizado.

Salarios y jubilaciones en caída libre

Los números confirman el deterioro: salarios registrados y jubilaciones perdieron hasta un 33% de poder adquisitivo durante la actual gestión. El trabajo dejó de ser una garantía de subsistencia digna. Tener empleo ya no protege contra la pobreza.

En paralelo, la asistencia social —en especial la AUH y otros programas— logró recomponer su poder de compra, convirtiéndose en el único tipo de ingreso que no quedó totalmente licuado por la inflación. Lejos de desaparecer, la ayuda social se consolidó como ancla mínima de supervivencia.

Menos nacimientos, más envejecimiento, menos trabajo

A diferencia de otros momentos históricos, el problema no es una población económicamente activa en expansión. La tasa de natalidad en la Argentina es negativa, el reemplazo generacional no está garantizado y el país avanza hacia un envejecimiento poblacional acelerado.

Esto implica que la franja económicamente activa tiende a achicarse, no a crecer. Pero lejos de aliviar el problema del empleo, este fenómeno lo agrava: hay menos trabajadores para sostener el sistema previsional y, al mismo tiempo, menos empleo de calidad disponible para quienes sí están en edad de trabajar.

La ecuación es doblemente perversa: menos jóvenes ingresando al mercado laboral y menos puestos productivos donde insertarse.

Planes sociales: contención sin horizonte

En este escenario, la expansión y actualización de los planes sociales cumple una función clave: evitar el estallido social en un contexto de ajuste permanente. No hay contradicción entre el discurso libertario y esta práctica. Es parte del mismo diseño.

El Estado se retira de la producción y del empleo, pero permanece como administrador de la pobreza que ese retiro genera. No hay políticas de reincorporación al trabajo, ni estrategia de desarrollo industrial, ni plan de reconversión laboral masiva.

¿Ingreso universal o destino permanente?

A nivel global, la discusión sobre renta básica, ingreso universal o salario garantizado intenta dar respuesta a un sistema que ya no necesita a toda su fuerza de trabajo. En la Argentina, ese debate se filtra de manera implícita, no como una política emancipadora, sino como un mecanismo de administración de una sociedad con menos trabajo.

El problema no es que el Estado ayude a quienes quedan afuera. El problema es que el sistema ya no prevé su regreso al mundo del trabajo. La ayuda deja de ser contingente y pasa a ser estructural.

El modelo detrás del ajuste

Lo que se consolida es un modelo que destruye empleo, degrada salarios, debilita a los sindicatos y sustituye trabajo por tecnología, mientras garantiza una renta mínima para quienes quedan excluidos. No para integrarlos, sino para hacer gobernable la exclusión.

No es una contradicción del mileísmo. Es su núcleo duro: menos trabajo, más precariedad y una asistencia social que reemplaza al salario como sostén básico de millones.

Ese es el futuro que ya llegó.