A las pocas horas de asumir su cargo como Ministro de Economía, Celestino Rodrigo anunció una serie de medidas que hoy serían incluidas en un supuesto plan de estabilización. La idea de este ingeniero convocado por María Estela Martínez de Perón para hacer cargo en junio de 1975 de los destinos económicos del país era darle un nuevo rumbo a un modelo de desarrollo nacional impulsado por José Ber Gelbard, que la muerte de Juan Domingo Perón y las internas en su partido estaban desviando. Pero esas medidas, que incluían una devaluación superior del 100 por ciento, aumento de todos los servicios públicos, liberación de los precios y suba de las tasas de interés, generaron todo lo contrario a la confianza estimada. En pocos días, la inflación se disparó, y el malestar social hizo el resto. En dos meses –junio y julio –el costo de vida (como se mencionaba al IPC en esos días) creció un 51 por ciento, lo que puso el plan en tensión. Los gremios protestaron, y la oposición presionó a un gobierno ya debilitado, que la crisis dejó a merced de los militares. En ese contexto, para frenar las consecuencias más nocivas del rodrigazo, nacen las llamadas coordinadoras interbarriales, organizaciones de base que se sumaron a delegados y comisiones internas y lograron mejores respuestas ante la situación. Con cercanía a la izquierda, las coordinadoras llegaron a representar a 150 mil trabajadores, y prendieron ser un sustento de la lucha revolucionaria, pero no lograron sostenerse. Pese a esto, su experiencia, sobre todo en el conurbano bonaerense, fue inédita en su tiempo.
Con el gobierno del peronismo en plena lucha intestina, la izquierda comenzaba a ganar terreno, en especial en el terreno sindical. Los gremios, bajo el paraguas de la CGT, eran parte de la puja entre los sectores conservadores alineados al “súper ministro” José López Rega y los que eran parte de la llamada “tendencia”, que en aquel 1975 ya estaban replegados y perseguidos por los primeros. En esa pelea, que desangró una generación, la economía intentaba estabilizarse, y el plan con el que asumió Perón su tercera experiencia naufragaba. Por eso, el “brujo” puso a Rodrigo, hombre de su confianza, para darle un nuevo impulso, bajo una menos nacionalista y más neoliberal. El estallido de rodrigazo no solo le puso un fin abrupto ese modelo sintetizado por las siglas ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones), y marcó el inicio de la inflación crónica en Argentina. Como referencia, entre 1960 y 1974 la inflación promedio fue del 28 por ciento anual y la economía creció a un ritmo del 4,5 por ciento por año, mientras que entre 1975 y 1990 la inflación promedio fue del 595 por ciento anual y la tasa de crecimiento fue nula.
Con ese clima de incertidumbre se crean en el norte del conurbano la coordinadoras interfabriles, que intentaron frenar el ataque que la crisis generaba en la clase trabajadora. Su zona de influencia no fue casual, ya que el AMBA todavía tenía ese viejo cordón industrial construido y consolidado en el primer peronismo. Allí, delegados y activistas vinculados a la izquierda comenzaron a organizarse de forma autónoma, bajo la consigna de la “autodefensa”. En algún caso, explica Héctor Löbbe en su investigación Coordinadoras interfabriles: clase obrera e izquierda en los 70, estos espacios agrupaban sus esfuerzos de defensa “en los establecimientos más cercanos y en otros buscaban que sus militantes fueran acompañados por sus compañeros de planta, aun reconociendo que esas prácticas no tenían más eficacia que la de autoconvencerse de que se ‘estaba haciendo algo por los compañeros’, ante la probada efectividad de las bandas asesinas para eliminar a los activistas”. Así, con esta premisa, pudieron nuclear a 130 mil o 150 mil trabajadores, según las estimaciones, le dieron profundidad al plan de lucha de los gremios tradicionales, y entusiasmaron a las conducciones –tanto de partidos como de organizaciones armadas –de la izquierda de ser un foco revolucionario. Por eso, en muchos ámbitos estas coordinadoras fueron bautizadas “guerrillas fabriles”.
Reacción sindical
Las primeras reacciones del plan de Rodrigo fueron devastadoras para el poder adquisitivo de los salarios, y rápidamente resistido por los gremios, bajo hegemonía peronista. El 17 de junio, según el diario La Razón, “la UOCRA con Rogelio Papagno a la cabeza marchó sobre la Plaza de Mayo. Lo mismo hizo el 24 la Unión Obrera Metalúrgica con Lorenzo Miguel quien salió al balcón con Isabel de Perón”. El gobierno se negaba a da aumentos salariales, lo que aumentaba el clima de conflicto. Desde Ginebra, recordó el mismo diario, el dirigente metalúrgico dijo telefónicamente “evidentemente hay quienes quieren hacer equivocar a la señora presidente”. Pero Rodrigo con apoyo de López Rega se mantenía en su postura. En declaraciones de esos días, el ministro recalcaba: “Si no hiciéramos esto, la mejor industria del país sería la importación de máquinas para fabricar papel moneda. Mañana me matan o mañana empezamos a hacer las cosas bien”. La moneda cayó en un lado claramente.
De la mano de estas protestas, comenzaron a reunirse las coordinadoras, con foco en el gran Buenos Aires, Capital Federal y La Plata. Debutan en el paro del 27 de junio, al que se pliega la CGT. Su accionar sigue nucleando delegados y activistas, al punto que el 3 de julio de 1975 mostrará su gran poder de movilización cercando la iudad de Buenos Aires. En la zona norte del conurbano aquel día las columnas obreras de Pacheco arriban a la Panamericana. Eran 10 mil obreros de Ford, Terrabusi, Alba, Editorial Abril, Matarazzo, Laboratorio Squibb, IBM, astilleros de San Fernando y Tigre y las principales metalúrgicas de la zona norte. “Volvieron a repetirse las movilizaciones con la modalidad de los días anteriores, asambleas, huelga de brazos caídos y abandono del lugar al promediar la tarde”, relató La Prensa en la edición de la fecha. “Pero esta vez los trabajadores de diversas plantas metalúrgicas, textiles, alimentación, mosaístas y otros sectores se concentraron en la ruta Panamericana frente a Fanacoa, con el propósito de marchar encolumnados hacia Plaza de Mayo. El objetivo de la movilización era solicitar la vigencia de la ley 14.250. Los manifestantes coreaban (cantos) agresivos contra los ministros de Bienestar Social y Economía”, recalcó el medio nacional.
Según Löbbe, las acciones y la organización de las coordinadoras se desarrollaron “sobre la base de la acumulación de experiencias previas de una nueva vanguardia fogueada desde el ‘69 y en las luchas contra el Pacto Social”. Este pacto era el que la izquierda aseguraba tenía Perón con la burguesía nacional, para desarrollar su tercera presidencia. Como metodología, comenzaron a usar acciones como la huelga, las tomas de fábrica y el control obrero de la producción. Con esa base de sustento, el auto asegura que lograron que los gremios convirtieran esas protestas aisladas en un paro general en Julio de 1975. “Si bien alcanzaron un desarrollo incipiente, estos organismos aspiraron a proyectarse como un polo organizativo capaz de aglutinar a la vanguardia de la clase obrera para enfrentar al gobierno y la conducción gremial burocrática planteando la necesidad de recuperar los sindicatos”, resaltó.
A medio camino
El 21 de julio de 1975, forzada por una huelga general de la CGT a la que las coordinadoras interbarriales aportaron su movilización, el ministro Rodrigo renunció. En medio del caos social y el fracaso de su plan de ajuste brutal, que provocó una inflación anual del 335 por ciento y dejó el terreno preparado para el golpe de Estado de 1976, a partir de la salida de López Rega. Según la historiadora Camila Perochena asegura la crisis fue “la demostración más clara de que los desequilibrios económicos no pueden resolverse abruptamente ni sin consenso político y social”. El plan rompió con el modelo económico que se venía intentando imponer el peronismo, y dejó abiertas las puertas para las medidas ultra liberales de José Martínez de Hoz.
En cuanto a las coordinadoras de izquierda, ese proceso organizativo fue una experiencia “horizontal, combativo y alternativo”, pero según Löbbe “no pudo transponer un estadio incipiente, pero que fue suficientemente intenso como para alertar a las clases dominantes, las que pusieron en marcha una reacción contrarrevolucionaria que derivó en el golpe cívico-militar de marzo de 1976”. En una ponencia posterior a su libro, el autor admite “el carácter acotado de esa experiencia, que se sucedió en oleadas”. “La falta de articulación espacial y el desfasaje temporal que presentó todo el movimiento vendrían a confirmar así, a nuestro entender, la naturaleza compleja de la clase y sus expresiones organizativas”, recalcó. Un dato que también se suele soslayar es que muchos delegados y activistas que participaron en la iniciativa eran de varias corrientes políticas, incluyendo el peronismo. Además la izquierda, en todas sus versiones, carecía en esos días como a lo largo de la historia, de una articulación mínima, lo que dificultó la continuidad de la experiencia.