Evita camina de una punta a la otra del taller. Su voz es cada vez más fuerte. Rodeada de obreros ferroviarios en huelga, no dudó un momento: “El que le hace una huelga al peronismo, es un carnero de la oligarquía”. En sus ojos había una mezcla de dolor y bronca. Eva Duarte de Perón, la abanderada de los humildes, había llegado a la localidad de Remedios de Escalada para pedirle, para exigirles, a los ferroviarios que levanten el paro. Los mira de frente para decirlo. “Decime, ¿vos sos peronista?”, preguntó Evita a uno de los presentes. “Sí, peronista compañera”, subrayó el trabajador. “Nosotros los convertimos en leyes, nosotros arrinconamos a la oligarquía. Les metimos miedo y le enseñamos a respetar a los obreros. ¿Y ustedes nos hacen una huelga?”. La tensión creció, hubo reproches, algunos gritos, lamentos. Evita y su comitiva se retiraron, pero dejó un mensaje claro: “Esta huelga se tiene que levantar, ¿está claro?”. En esta escena, el filósofo y escritor José Pablo Feinmann recreó en su película Eva Perón aquel encuentro, en medio de una de las huelgas más importantes del primer peronismo, que además reconfiguró la relación de los gremios y el gobierno, en especial la Unión Ferroviaria.
El conflicto se extendió hasta 1951, año de la reelección de Juan Domingo Perón, y fue una prueba de fuego para todos los actores. Un enfrentamiento que muchos analistas consideran una de las primeras internas en el entramado de poder justicialista.
La huelga ferroviaria de 1950 comenzó a fin de ese año, y se extendió hasta el siguiente, cuando Perón buscaba su reelección. La profundidad de los reclamos y la decisión de las bases por sostenerlos fue una de las cuestiones que sorprendió a aquel primer peronismo, apoyado masivamente por los trabajadores. Pero el modelo económico, con la inflación en franco ascenso, había puesto la cuestión de los ingresos en el centro del debate.
En el caso de los ferroviarios, los salarios pierden peso en este contexto, a lo que se suman una serie de descuentos que afectan el poder de compra de los empleados: los descuentos por planilla del aporte previsional, las cuotas sindicales y, de forma inédita, las donaciones a la Fundación Eva Perón.
Por eso, todo ese año la Unión Ferroviaria, gremio insignia de la unidad peronismo-movimiento obrero, intentó encausar el malestar, reclamando mejoras al gobierno. Por esos días, la entidad tenía funcionarios en la Secretaría de Trabajo y Previsión, y había resistido el intento de unificar a todos los empelados estatales –los trenes eran empresas públicas –en un gran gremio: la Confederación del Personal Civil de la Nación (CPCN). El gobierno fomenta años anteriores una intensa campaña de afiliación, pero la Unión Ferroviaria resiste y mantener el “espíritu ferroviario” como amalgama, y evita la fuga de afiliados.
En el plano político el gremio mantenía una heterogénea dirigencia, con mucho aval al peronismo, pero con la influencia de tendencias socialistas y algunos comunistas. La reforma el 49 del estatuto de la CGT, que implica la adopción de la doctrina peronista por parte de los gremios de la central, generó una fuerte discusión interna, en defensa de la libertad sindical.
La intervención de la seccional Tolosa y el desplazamiento de Lorenzo Martorelli –por oponerse a esta situación –es el inicio de una serie de asambleas que catalizan el malestar, y terminan disparando la histórica huelga.
El peso del socialismo en el sector –los maquinistas de La Fraternidad eran abiertamente partidarios de esas ideas –se potencia por el atraso salarial, y generan el caldo de cultivo de la protesta. En las bases, explica el investigador de la Universidad Nacional de Mar del Plata Joaquín Aldao, “crece la sospecha de una dirección más preocupada por la política sindical y parlamentaria que por los asuntos gremiales”.
Por eso, cuando el 15 de noviembre de 1950 los peones de limpieza del ferrocarril Roca lanzan un paro, son desautorizados por la Comisión Directiva del gremio, y habla de “la existencia de elementos contrarios al justicialismo incitando a los trabajadores de buena fe”. Pese a esto, los trabajadores sostuvieron la medida, y al otro día se extendió a los guardabarreras de la misma línea, que en las estaciones de Temperley, Burzaco y La Plata permanecieron en sus puestos pero sin operar las barreras. La rebelión de los ferroviarios estaba en marcha.
Plan de lucha
El pedido de los trabajadores era llevar a 500 pesos el salario inicial del peón ferroviario. De inmediato, el conflicto se vio atravesado por la disputa política.
El diario La Prensa, opositor al gobierno de Perón, se hace eco de inmediato de los reclamos, y dedica mucho espacio a la huelga, que a los pocos días se había extendido a casi todo el país. La presencia de la dirigencia socialista enoja al gobierno, en especial a Eva Perón, que termina yendo a los talleres de Remedios de Escalada para pedir que se levante la huelga. “Si hay que dar leña, vamos a dar leña”, la hace decir Feinmann. Lo cierto que el Partido Socialista apoya los reclamos. “Entre la insubordinación y el hambre había que tomar una decisión y el gremio la tomó. ¿Culpas? ¿Responsabilidades? Ellos mismos se encargaron de deslindarlas al afirmar que si ha de hablarse de culpables, habrá que buscarlos en el cuerpo directivo de la Unión Ferroviaria, cuyos miembros no han sabido ni querido resolver su situación; y que si ha de hablarse de infiltraciones interesadas habrá que dejar tranquilos a los políticos de la oposición, pues el hambre y el descontento, ¡eso es lo que se ha infiltrado en nuestro gremio!”, dice por esos días Nuevas Bases, órgano de difusión del PS.
Ante el ataque de los funcionarios peronistas, la Agrupación Ferroviaria Socialista reafirmaba que se trataba de una medida “auténticamente gremial”. Con el correr de los días, con los servicios suspendidos, se tomaron las primeras medidas disciplinarias contra los huelguistas: cesantías y exoneraciones. El gremio exigía “la normalización inmediata de los servicios”. Pero el malestar de los empleados no puede ser desactivado con la prédica y la liturgia peronista. Ni la propia Evita lo logra. “No levantar los paros hasta total solución del pedido de los peones; exigir la renuncia de la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria, por haber perdido la confianza del gremio”, describe La Prensa, que a esta altura lleva el tema a su tapa. Por último, se pide designar una comisión formada por dos personas de cada especialidad para llevar adelante los destinos del sindicato, que debería reincorporar a los expulsados.
La tensión crece. La CGT interviene y apoya la postura de la Unión Ferroviaria. “En el respeto y acatamiento a las normas de la organización sindical se basa el fundamento de las verdaderas conquistas de la clase trabajadora”, expresa en un comunicado. A los pocos días es informado oficialmente el nuevo escalafón ferroviario, acordado en una reunión entre el Ministro de Transporte Juan Castro, Eva Perón y los directivos de la Unión Ferroviaria, que pautaba un salario inicial para peones y guardabarreras de 550 pesos en diez años, y un salario familiar de hasta 700 pesos. “La indignación y el rechazo del activismo de base a este claro desconocimiento de las conquistas alcanzadas no se hicieron esperar”, reconoce Aldao, que hace un minucioso estudio del conflicto.
“La asamblea extraordinaria de la seccional Bahía Blanca decidió otorgar un plazo de una semana a las autoridades nacionales y sindicales para cumplir con lo previamente acordado, mientras que la paciencia de los ferroviarios de Ingeniero White dispuso 48 horas. En el mismo sentido se manifestó el repudio en las seccionales de Luján y de Burzaco”, agregó en su trabajo. Así llega diciembre, con paros y medidas, críticas del gremio y el gobierno y la intervención política de los sectores opositores.
Crisis política y gremial
Más allá de los sueldos que se mejoraron, las reivindicaciones se mantuvieron en 1951. A esto se sumó una feroz disputa política, en el gremio y el gobierno. Se crea la llamada Comisión Consultiva de Emergencia (CCE), que pide la renuncia de los directivos de la Unión Ferroviaria, enrola apoyos a los huelguistas y finalmente competirá en la interna gremial. En términos generales, el movimiento huelguístico que nace en noviembre de 1950 y se extiende hasta enero de 1951, tiene su epicentro en la provincia de Buenos Aires.
El gobierno peronista está preocupado, pasa enero del 51 y el clima sigue creciendo. Ese año Perón buscará su elección, y los “contreras”, como los llama Evita ya están configurando la unidad que luego dará lugar a la Unión Democrática, el espacio que competirá en las urnas. En ese tiempo, la comisión directiva ferroviaria renuncia dos veces, encabezada por Pablo López. Una Junta Consultiva analiza los pasos a seguir. López era muy cercano al presidente y la primera dama, y ocupaba como representante de los trabajadores varios sillones en la estructura ferroviaria de esos días. Su suerte estaba echada, cuando finalmente se interviene la Unión Ferroviaria.
El 10 de enero los delegados interventores de la CGT anunciaron fecha de comicios para la elección de nuevas autoridades del gremio para dentro de 60 días, e invitaron a las seccionales a designar sus candidatos.
Los huelguistas insisten en reclamar se cumplan los acuerdos. Además, quieren que les devuelvan el gremio. La crisis de representación no sólo golpea a la estructura sindical, sino también al gobierno: El ministro Castro y todos sus funcionarios renuncian sorprendentemente ese mes. Un nuevo paro se comenzaba a armar. El 24 de enero se inicia la medida, y Perón perdió la paciencia: anunció que se movilizaría militarmente al personal y que serían procesados quienes no acataran la orden de retornar a sus puestos de trabajo. En un discurso ante los dirigentes de la CGT, el presidente desacreditó la medida de fuerza y afirmó que les “aplicará la ley para corregir el camino a los huelguistas”. “El legalismo encubrió un paquete de medidas represivas y selectivas. En efecto, los ferroviarios comunistas, socialistas, anarquistas y radicales tuvieron que lidiar con la justicia, acusados de violar la Ley de Seguridad del Estado, mientras hubo cientos de exoneraciones y procesamientos en todas las líneas”, reconoce la investigadora Ana Costilla. A partir de esto, los socialistas se vieron especialmente involucrados en la lucha por la liberación de sus compañeros presos en la cárcel de Villa Devoto. La huelga se fue terminando, por imperio de la fuerza.
Consecuencias
Finalmente, las elecciones en el gremio ferroviario se desarrollan a fines de junio de 1951, y la nueva conducción asume en agosto de ese año. El cuerpo directivo conserva varios nombres de la comisión anterior.
El nuevo secretario general es Carlos Ernesto Rosales, un dirigente del departamento de tráfico del Belgrano, el único ferrocarril que nunca detuvo su marcha durante los conflictivos meses de huelgas. La primera actividad oficial de la nueva dirigencia es junto con la CGT en un acto en apoyo a la candidatura presidencial de Perón, donde el movimiento sindical propone la vicepresidencia de Eva Perón. El llamado “cabildo abierto del justicialismo”, que pasará a la historia como “el renunciamiento”. Así, concluye Aldao, “la hegemonía del peronismo se consolida”, y agrega que “con López cayó también la confianza del gobierno en la capacidad institucional del sindicato para manejar la tensión de constituirse, a la vez, en representante de los intereses de los trabajadores y de las empresas”.
Por su parte, Costilla destaca que “los ferroviarios lograron darse una organización propia para canalizar sus demandas, resolver una medida de lucha y negociar de igual a igual con las autoridades”.
En La Razón de mi vida, Eva Duarte cuenta cómo vivió esa visita. “También el papel de Evita es a veces amargo”, afirma, ya que “roda esta semana pasada, por ejemplo, me ha resultado amarga”. “Ha habido una huelga y ésta tuvo que ser declarada ilegal por injusta. Yo sé que malos dirigentes -los viejos dirigentes del anarco sindicalismo y del socialismo y los infiltrados comunistas- han dirigido todo esto. Sé que la mayor parte del gremio, y que todo el pueblo ha repudiado el proceder de esos ingratos, indignos de vivir en esta Nueva Argentina de Perón. Sé todo eso y sin embargo toda la semana he vivido amargada”, recordó.
De la visita a Remedios de Escalada, que confirma duró de las 12 de la noche a las cuatro de la madrugada, se explica que “pude comprobar que la huelga era inconsulta e injusta desde que los mismos obreros no sabían cuáles eran las razones del paro”. “No niego que mi emoción fue muy grande, al encontrarme en cada sitio de trabajo, con hombres leales y abnegados que estaban dispuestos a todo, antes que hacer lo que ellos presentían como una traición al líder, único e indiscutido de las masas obreras argentinas. Pero esa emoción no me pudo quitar la amargura del alma. Es que yo no concibo que pueda haber en mi país, un solo obrero que no haya comprendido ya, lo que es Perón, y todo lo que ha hecho Perón por los trabajadores argentinos”, analiza Evita. A favor o en contra, los estudios coinciden que luego de la rebelión de esos años, se pierde a autonomía sindical en aquel peronismo, sintetizado en la inmortal frase de Evita: “A Perón no se le hace paro”.
*Lecturas de verano es una serie de notas que cada domingo de enero relatarán eventos históricos, míticos o curiosos vinculados al sindicalismo. La cuarta entrega volvemos a un momento histórico del movimiento obrero: El programa de Huerta Grande, la base de un gremialismo revolucionario que germinó el Cordobazo.