Geopolítica del Mundial de fútbol: os partidos que jugaron y ganaron fuera de la cancha

A lo largo de la historia los choques entre nacionales por este deporte se volvieron más que una competencia, y se transformaron en conflictos y hasta guerras. A propósito de la instancia final del Mundial 2026, algunos de los ejemplos de cuando la pelota fue mucho más que un gol por un triunfo.

Por Diego Lanese

Redactor de Data Gremial

Domingo, 12 de julio de 2026 03:46

La polémica por la intromisión de Donald Trump en el último Mundial de Fútbol, donde habló directamente con el presidente de la FIFA Giani Infantino para que se quitara la suspensión al delantero Folarin Balogun volvió a mostrar cómo el poder tiene mucha influencia una competencia global como es esta. Hace mucho que este deporte, el más popular del planeta, dejó de ser sólo un juego. A la largo de la historias muchos ejemplos mostraron que en la cancha las camisetas se vuelven bandera, los equipos nacionales y los partidos disputas del tablero geopolítico. Así fue en los 70, cuando la URSS se negó a jugar un repechaje mundialista con Chile, para denunciar la dictadura en el país trasandino, y el partido se jugó igual, con un solo equipo. O cuando dos nacionales centroamericanas llegaron a la guerra luego de las hostilidades generadas por la eliminatoria al Mundial de México 70. La llamada “guerra del fútbol” fue inmortalizada por la pluma de Ryszard Kapuscinski, el laureado periodista y narrador polaco, pero con el tiempo sus afirmaciones fueron negadas. Como sea, todo empezó por un partido hostil.  En este pequeño correlato de partidos atravesados por la política, Data Gremial recorre otro aspecto del fútbol, en este caso como fenómeno multilateral.

El partido fantasma

El Mundial de 1974, realizado en la Alemania Federal, fue uno de los más políticos de la historia. La versión capitalista del país quería mostrarle al mundo cómo se había levantado después de la guerra, y mostrar el retraso de los países que quedaron en el bloque soviético, comenzando con la Alemania Orienta o RDA. Para contrarrestar esto, las nacionales socialistas querían realizar un buen papel en la competencia. El modelo de eliminatorias de ese año hizo que la URSS, la cabeza de ese bloque, deba jugar un repechaje con Chile, que desde septiembre de 1973 vivía la pesadilla de la dictadura de Augusto Pinochet. Ya habían jugado el partido de ida en Moscú el 26 de septiembre y el resultado había sido 0-0. La definición era en el Estadio Nacional de Santiago. Uno de los mayores centros de tortura de aquella dictadura, era el escenario del partido rumbo a Alemania y a pesar de que gran parte de Chile no sabía lo que ocurría allí, en el resto del mundo la información sí circulaba.

Mientras en el interior del estadio miles de personas eran torturadas, el verde césped estaba intacto. Aun así, la Unión Soviética no reconocía como gobierno al régimen de Augusto Pinochet y las relaciones diplomáticas estaban completamente rotas. Días antes del encuentro emiten un comunicado que detalla: “Por consideraciones morales, los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”.  Ante la ausencia del rival, la posibilidad de darle los puntos a Chile parece no ser suficiente y la FIFA define que el cruce se debería jugar. Así, el Estadio Nacional abre sus puertas a los hinchas el 21 de noviembre y acuden al rededor de 16 mil personas. No todos están allí para ver a la selección, en silencio muchos quieren averiguar sobre el paradero de sus familiares o amigos desaparecidos. Buscan señales, algo que les permita saber si sus allegados están vivos o qué es lo que está ocurriendo ahí.

En el campo de juego, los jugadores de Chile cantan su himno sin rival. Inician el partido y comienzan a hacer toques entre ellos. No hay nadie del otro lado que pueda sacarles la pelota. Finalmente, llegan al arco rival y a los 30 segundos Francisco Valdés empuja la pelota anotando el gol. Final del partido, Chile ganó 1-0. “Imagínate que a los 20 años es muy difícil enterarte de las atrocidades que se cometen en las dictaduras”, dijo una vez el emblemático jugador chileno Carlos Caszely que en 1973 tenía 23 años cuando se jugó uno de los partidos más inolvidables de la historia. “Ese partido de vuelta yo lo bauticé como el teatro del absurdo. Fue algo que no se hace ni en el barrio, cuando se juega con los amigos", contó tiempo después Caszely en una entrevista. Aquel partido ante la Unión Soviética será recordado por siempre como el partido fantasma o como el propio Caszely lo llamó el teatro absurdo. "La historia del fútbol se escribe partido a partido. Renglón a renglón. Ese fue parte de nuestro aporte a la gran historia que se está viviendo en el fútbol de Chile ahora".

La guerra del fútbol

Este incidente recuerda irremediablemente la llamada "Guerra del Futbol" entre El Salvador y Honduras, conocida también como la guerra de las 100 Horas. Se trató de un conflicto militar de cuatro días provocado por tensiones relacionadas por la migración de salvadoreños al vecino país y disputas limítrofes. Entre las décadas de 1950 y 1960 Honduras comenzó un proceso de reforma agraria que culminó en la primera ley que buscaba evitar la toma de tierras por el movimiento campesino.

Para 1969, el gobierno dirigido por el general Oswaldo López Arellano propuso una reforma, pero sin afectar a los grandes propietarios de tierras, donde también se encontraba la empresa estadounidense United Fruit Company, dueña del 10 por ciento de la tierra cultivable de Honduras. La solución fue expropiar tierras de campesinos salvadoreños que habían vivido en Honduras durante varias generaciones y que se habían hecho propietarios, además de expulsar a los jornaleros salvadoreños residentes en Honduras. Esto generó una persecución de salvadoreños por un escuadrón clandestino denominado "La Mancha Brava", surgido meses previos a la guerra. Esta formación paramilitar asesinó y detuvo a una gran cantidad de salvadoreños en la zona fronteriza, lo que produjo un éxodo masivo a El Salvador y agudizó la situación entre los dos países.

En ese mismo año, 1969 se desarrollaban los partidos clasificatorios para el Mundial de México 1970. El primer partido se llevó a cabo en Tegucigalpa el 8 de junio de 1969, resultando ganador Honduras 1-0. El segundo juego fue en San Salvador, el 15 de junio de 1969, resultado ganador El Salvador 3-0. Pero la noche previa al partido, los aficionados salvadoreños se reunieron a hacer ruido frente al hotel donde se alojaban los jugadores hondureños. Luego de la disputa futbolística, el gobierno de El Salvador denunció que los migrantes salvadoreños que vivían en Honduras habían sido atacados.

Alertó que cerca de 12 mil personas en situación de riesgo ingresaron al territorio salvadoreño en condición de refugio. Por lo que el gobierno salvadoreño comenzó una propaganda que levantó los ánimos nacionalistas, dando inicio a una invasión al territorio hondureño el 14 de julio de 1969. La guerra de corta duración se llevó a cabo hasta el 18 de julio, culminando con la Organización de Estados Americanos, OEA pidiendo un alto al fuego. Se estima que entre 4 mil y 6 mil civiles de ambos países murieron.

El responsable de bautizar este enfrentamiento como “la guerra del fútbol” fue Ryszard Kapuscinski, reverenciado cronista polaco, maestro del periodismo narrativo y padre de los corresponsales de guerra. Cubrió decenas de golpes de Estado y revoluciones en las últimas décadas del siglo XX, en especial en países del Tercer Mundo. A partir de una crónica con ese nombre, narra desde el frente de batalla la lucha armada que El Salvador y Honduras mantuvieron durante 100 horas en 1969, pero en los últimos años varios protagonistas ponen en duda la interpretación de Kapuscinski. Concuerdan, básicamente, en que “La guerra del fútbol” no fue por el fútbol. “Ese título es exagerado”, dice Marco Antonio “Tonín” Mendoza, capitán de Honduras. “El fútbol no fue la causa. La guerra se debió a los problemas que hubo entre los dos países por unas reformas agrarias”. Salvador Mariona, también capitán, pero de El Salvador, conviene: “Hay una equivocación con el tema. Hace poco vinieron dos periodistas de Polonia, me preguntaron qué opinaba de la guerra del fútbol y les dije que acá no hubo ninguna guerra del fútbol”.

El triunfo que disgustó a Hitler

Si bien este partido corresponde a un juego olímpico, marca a las claras como el poder atraviesa el deporte. Con un equipo de mayoría afrodescendiente, la selección de fútbol peruana venció 4 a 2 a Austria en las Olimpíadas de Berlín de 1936, pero la FIFA anuló el partido aparentemente obligada por el régimen nazi, en un misterio que desgrana desde este jueves una miniserie en Perú. La decisión de la FIFA generó protestas en Lima, “los manifestantes quemaron una bandera alemana y causaron destrozos en el consulado” de ese país, recordó un documental realizado al respecto de ese partido. La historia fue relatada previamente por el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano en su obra Espejos, una historia casi universal y también por el novelista peruano Guillermo Thorndike en el libro Una historia del fútbol peruano.

El partido se jugó el 8 de agosto de 1936 en el estadio Hertha Platz, en Berlín. Hasta el minuto 75, Austria ganaba 2-0, pero Perú empató con goles de Jorge Alcalde y Alejandro Villanueva, por lo que tuvieron que ir a tiempo suplementario en el que la selección peruana se impuso por 4-2 con tantos, otra vez de ‘Manguera’ Villanueva y el goleador Teodoro ‘Lolo’ Fernández. Hitler estaba en un palco del estadio viendo el desempeño austríaco, su tierra de origen, recuerda Galeano en su libro. En el tiempo extra, Perú marcó 5 goles de los cuales 3 fueron anulados por el árbitro que “no quería disgustar al dictador”, narra el escritor uruguayo.

Tras el partido, los austríacos solicitaron  repetir el encuentro basándose en que un nutrido grupo de seguidores peruanos (algunos, dijeron, armados con pistolas) habían invadido el campo durante el encuentro y se habían aliado con los futbolistas de su selección para amenazar y zarandear a los rivales. También alegaron que el estadio no estaba en las condiciones adecuadas para disputar un partido de fútbol profesional. La demanda de la Federación de Austria llegó al Comité Olímpico y también al bando peruano, aunque estos últimos no pudieron llegar a defenderse, pues un desfile nazi se interpuso en el camino de su delegación impidiéndoles llegar a tiempo a la reunión organizada para tomar la decisión sobre el asunto. El Comité y la FIFA dieron la razón a Austria sin que Perú pudiese decir ni una palabra y el partido quedó fijado para re-disputarse el 10 de agosto, dos días después del encuentro original.

 

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