Madrid, España, febrero de 1968. Convocado por Juan Domingo Perón a su domicilio en el exilio, el dirigente gráfico Raimundo Ongaro habla de sus planes para enfrentar la dictadura de Juan Carlos Onganía, quien asumió al frente de la llamada Revolución Argentina, y avanza con un programa autoritario y de corte neoliberal. Las medidas lanzadas por el ministro de Economía Adalbert Krieger Vasena logran una inflación baja, pero con creciente malestar social. En ese contexto, Ongaro quiere impulsar una renovación en el movimiento obrero, y plantea la necesidad de crear un espacio combativo. Perón lo aprueba. En la cumbre está nada menos que Rodolfo Walsh, quien ya había ganado fama por su trabajo periodístico y literario. Su presencia no era casual: el líder de la Federación Gráfica Bonaerense tenía la idea que la nueva central obrera tenga un órgano de difusión propia. Y Walsh era el elegido para crearlo y dirigirlo. “Todos los peronistas estamos en deuda con el autor de Operación Masacre”, fue la respuesta de Perón, dando su bendición al proyecto. Tres meses después, el 1° de mayo de ese año, salió el primer número de Semanario de la CGT, una experiencia de comunicación popular y sindicalismo combativo que marcó una época, y demostró la importancia de la comunicación en los proyectos emancipadores.
Semanario CGT se editó entre mayo de 1968 y febrero de 1970, y tuvo un total de 55 números. La dirección era de Ongaro, y la jefatura de redacción la ejercía Walsh. Para el inicio del proyecto convocó a un grupo de periodistas de renombre, como Rogelio García Lupo, Horacio Verbitsky y José María Pasquini Durán. El equipo periodístico se completaba con Luis Guagnini, Milton Roberts y Miguel Bonasso, entre muchos otros. El diario había nacido en aquella charla en Madrid, y se formalizó en el Congreso Normalizador de la CGT, que se realizó bajo el nombre de Amado Olmo –dirigente del gremio de la Sanidad que había fallecido recientemente y fuera impulsor del programa de Huerta Grande –y que dio lugar a la CGT de los Argentinos, una fracción del movimiento obrero dispuesta a pelear de frente contra la dictadura y romper con el colaboracionismo que inundaba la estructura de la vieja CGT. En su primer número, el semanario publicó el programa de la flamante central obrera, donde se deja claro el propósito de la entidad: “La propiedad solo debe existir en función social; los trabajadores, auténticos creadores del patrimonio nacional, tenemos derecho a intervenir, no solo en la producción, sino en la administración de empresas y distribución de bienes. Los sectores básicos de la economía pertenecen a la Nación. El comercio exterior, los bancos, el petróleo, la electricidad, la siderurgia y los frigoríficos, deben ser nacionalizados. Los compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo no pueden ser reconocidos”.
Aunque su venta era clandestina, tuvo una amplia repercusión desde su salida, vendía cerca de 25 mil ejemplares por tirada, y circulaba mucho de mano en mano. Se encontraba en los kioscos y en las filiales de los sindicatos adheridos, y los trabajadores lo leían en grupos en casas o locales gremiales. El periódico fue la voz de las luchas populares de su época, tanto obreras como estudiantiles, que confluirían en estallidos sociales que convulsionarían la década del 60. Decía la CGT de los Argentinos: “La lucha contra el poder de los monopolio y contra toda forma de dominación extranjera es misión natural de la clase obrera, que ella no puede declinar”. Y el semanario era su voz propia. En términos teóricos, funcionaba como un instrumento de contrainformación. La CGT de los Argentinos denunciaba los monopolios y el latrocinio que sufría la economía argentina, lo que quedó plasmado en ese programa difundido el 1° de mayo, cuando salió el primer número del semanario. Con su salida, el diario cegetista abierto una brecha en el sistema de los medios hegemónicos convirtiendo a su periódico no sólo como un instrumento de esclarecimiento sino también como un factor de organización.
Una pluma maestra
Walsh ideó el semanario como una conjunción entre el compromiso militante y sindical, y la idea de comunicación popular. Por eso además de información “dura” respecto de la situación económica, la represión estatal y la complicidad de la burocracia sindical, contó con la colaboración de intelectuales y artistas de renombre, que desde una mirada siempre comprometida ofrecían notas vinculadas a la literatura, el teatro y otras ramas de la cultura. Según la investigadora Jessica Noguera, autora de El semanario de la CGT de los Argentinos: una voz contra la dictadura de Onganía, a la hora de comenzar este medio Walsh “estaba inmerso en la lectura de una obra de Lenin acerca de la prensa política y repetía la prensa es el partido”. La concepción de prensa leninista en la que se inspiró, agregó, “aporta dos expresiones esenciales: la revelación política (o denuncia) y la voz de orden”. Por su parte, Carlos Leavi, autor de Rodolfo Walsh y el Semanario de la CGT de los Argentinos, recordó que el autor de Operación Masacre “buscó producir un medio masivo, de amplia distribución, con calidad tanto en la edición como en su despliegue periodístico, de cobertura federal, y que apeló a los propios trabajadores organizados como corresponsales populares en la producción informativa”.
“Como periodistas y militantes quisimos darle al proyecto todos nuestros conocimientos profesionales. No había infraestructura, ni archivo fotográfico. Tampoco existía archivo periodístico. En la imprenta Cogtal recurrimos a una vieja tipografía, y según el diseño de Jorge Sarudiansky y Oso Smoje armamos un periódico moderno, ágil”, explicó en su momento Verbitsky sobre la experiencia. Además de la labor informativa, el semanario publicó en capítulos una de las investigaciones más importantes del Walsh sobre la muerte de Rosendo García, dirigente metalúrgico que falleció en un tiroteo en un bar de Avellaneda, y que luego sería uno de los libros fundamentales de no ficción del autor. ¿Quién mato a Rosendo? Revela los detalles de lo sucedido el 13 mayo de 1966 con Domingo Blajakis, Juan Salazar y Rosendo García, en un tiroteo nacido del malestar que las bases expresaban con sus dirigentes, algo que era muy funcional al medio de difusión de la CGT de los Argentinos. En una entrevista publicada en Siete Días, en junio de 1969, ante la pregunta de por qué le agregó al libro el capítulo sobre vandorismo –en referencia a Augusto Timoteo Vandor, símbolo del sindicalismo colaboracionista –Walsh afirma: “Sentía la necesidad de explicar qué significaba el vandorismo, para que el asunto de Avellaneda no fuera considerado como un hecho inflado, para que no quedara en la anécdota policial, sino que fuera visto como un incidente que guarda coherencia con todos los procedimientos del vandorismo: el gansterismo, la negociación con la policía, con los jueces”.
Lucha, clandestinidad y cierre
En su primer año de circulación, el semanario logró un gran impacto. Incluso las estimaciones aseguran que a fines de 1968, se lograron distribuir un millón de ejemplares, pese a las dificultades. En ese tiempo, Walsh se mete de lleno en el proyecto, y en du diario admite que dejó buena parte de su tiempo destinado de antemano a la literatura para llevar adelante este proyecto. Pero el segundo año, la pelea sindical y política contra la dictadura no avanzó como se esperaba, y tanto la CGT de los Argentinos como su órgano de difusión comenzaron a sentir el desgaste. “Treinta meses de dictadura militar han conducido al movimiento obrero argentino en una crisis de tal magnitud que hace imposible cualquier solución reformista, pone en tela de juicio la esencia misma de las organizaciones existentes y descarta la mayoría de los métodos de lucha empleados hasta ahora”, alertaron en su número 34. En e1969, comienza un doble proceso donde este desaliento radicaliza el discurso, en especial luego del Cordobazo. Ese año, el medio no pudo sostener su salida semanal y comienza a publicarse quincenalmente, algo que no podrá revertir hasta su cierre definitivo.
El ataque de la dictadura sobre la central obrera y su diario se incrementaron ese año. En primer lugar, se declara ilegal la CGT de los Argentinos, y se detiene a Ongaro. El 4 de agosto de 1969 se efectivizó la prohibición oficial del Semanario CGT. A partir de allí, sus páginas se vuelven un reflejo de las luchas más revolucionarias del país y el continente, y las diferencias con el movimiento obrero se hacen más notables. “Tenemos que mantener a muerte la conducción clandestina, la prensa clandestina, la agitación clandestina, la movilidad clandestina del movimiento obrero. Creemos los medios. Creemos los medios, los recursos, las pintadas, los volantes, los periódicos, las imprentas, los refugios, los transportes, los fondos de huelgas, la ayuda a los presos, las entradas y salidas del país o la ciudad, todas las armas de lucha contra un régimen implacable y poderoso”, reafirman en su número52, en octubre de 1969. En sus notas se expresa este cambio. Por ejemplo, se publica “Algo sobre guerrilleros” y “Recordando al Che Guevara”, donde reivindican la lucha armada.
El 4 de agosto de 1969 se efectivizó la prohibición oficial del Semanario CGT, y comienza su etapa clandestina. Allí aparecen las consignas que guiarán el trabajo periodístico y sindical: Organización y disciplina, seguridad, trabajo en fábrica, agitación y propaganda, solidaridad. En su trabajo, Leavi remarcó que Walsh “vivió, según su propio diario, con una gran intensidad la dirección el Semanario de la CGT”. “Creyó y se entusiasmó con dirigentes como Ongaro. También conoció y admiró a delegados de base, como aquellos que conoció en el conurbano mientras tomaba notas en la investigación periodística Quién mató a Rosendo o en las notas sobre «sectas del gatillo y la picana”, resaltó. “Se vislumbran como chispazos de la historia en estos encuentros entre militantes, entre los mundos de la fábrica y la escritura de una novela que no se terminaba, entre el periodismo y los conflictos sindicales, entre la necesidad de la propaganda y la búsqueda de una lectura masiva desde una matriz popular. Todo eso y mucho más significó el Semanario de la CGT de los Argentinos. Todo eso y mucho más implicó la dirección de Walsh en el periódico”, agregó.
“La CGT de los Argentinos pretendió -a través del Semanario CGT- unificar a diferentes sectores contra la dictadura y su amplia convocatoria ofreció un dispositivo específico para sus demandas en el marco de un programa multisectorial”, concluye en su trabajo Noguera. Esta amplitud, agregó, “no estuvo exenta de contradicciones, discrepancias técnicas y proyecciones diferentes, sin embargo, influyó decisivamente en la militancia revolucionaria de la década siguiente”. “A pesar de no haber logrado el objetivo propuesto, de la resignación de no poder representar al pueblo para derrotar a la dictadura, resulta innegable que el periódico CGT fue una voz contra la dictadura de Onganía. Tanto el medio de comunicación como la resistencia del sindicalismo combativo y la forma en la que se enfrentó a las prohibiciones impuestas por la dictadura sirvió de insumo a las diferentes experiencias políticas surgidas durante la década del 70”, cierra la investigadora. Pee a esto, dos años después se concretó en el Congreso Normalizador Augusto T. Vandor, donde José Ignacio Rucci resultó electo secretario general y la CGT de los Argentinos dejó definitivamente de representar una central obrera alternativa. Y una parte del sindicalismo se quedó sin voz.