La profunda crisis que atraviesa la vitivinicultura argentina sumó un nuevo capítulo con la confirmación de que Bodegas Bianchi cayó en default. La firma sanrafaelina, uno de los nombres más tradicionales del vino mendocino, admitió que no puede cumplir con el cronograma de pagos de sus deudas y puso en marcha un proceso de negociación con acreedores para intentar recomponer su situación financiera.
Desde la propia empresa mendocina reconocen que el deterioro no fue abrupto, sino el resultado de lo que describen como una “tormenta perfecta” que golpeó tanto al mercado interno como a las exportaciones. Sergio Pomar, gerente de una de las divisiones de la bodega, había anticipado meses atrás que el sector enfrentaba crecientes dificultades para sostener sus compromisos, en un contexto de costos en alza y ventas en retroceso.
Con el default ya expuesto, Bodegas Bianchi difundió un comunicado en el que aseguró que las decisiones adoptadas apuntan a “honrar casi 100 años de historia vitivinícola de excelencia desarrollada en Mendoza y orgullo de la Argentina”, y descartó una paralización de sus actividades productivas.
Un escenario que se repite en el sector
El caso Bianchi se inscribe en un contexto más amplio de fragilidad financiera en la industria del vino. En octubre y noviembre de 2025, la operadora de Bodega Norton solicitó el concurso preventivo de acreedores tras acumular deudas millonarias y cheques rechazados. Ese proceso fue admitido por la Justicia mendocina y abrió una instancia formal de negociación con cientos de acreedores, con restricciones para los directivos de la firma.
En el caso de Bianchi, controlada por los herederos de su fundador, el primer paso fue convocar a los acreedores para refinanciar los pasivos y evitar un deterioro mayor de la operatoria, en medio de una coyuntura que afecta a buena parte de las bodegas del país.
Consumo en caída y costos en alza
Uno de los factores centrales que explican el colapso financiero es la sostenida baja del consumo de vino en el mercado interno. A esta tendencia estructural se sumó la necesidad de trasladar a los precios finales el incremento de los costos de producción. Desde la empresa explicaron que el fuerte aumento del precio de la uva, principal insumo del sector, fue determinante: el encarecimiento obligó a subir los valores de los vinos y terminó profundizando la retracción de la demanda.
En el frente externo, el panorama tampoco resultó favorable. La combinación de un tipo de cambio poco competitivo y el impacto de las retenciones a las exportaciones erosionó la rentabilidad de las ventas al exterior, reduciendo los ingresos en divisas y afectando la posición de los vinos argentinos en los mercados internacionales.
A estos factores se sumó el aumento generalizado de los costos operativos, como energía, mano de obra, logística e insumos, que presionaron sobre una estructura financiera ya debilitada.
Mensaje a proveedores y acreedores
Frente a la difusión de la crisis, el directorio de Bodegas Bianchi buscó enviar una señal de calma. En su comunicado, definió la situación como una “coyuntura excepcional de mercado” y ratificó su compromiso con la transparencia y la buena fe en el proceso de renegociación.
La empresa confirmó que ya inició instancias de diálogo con toda la cadena de valor, con especial foco en sus proveedores históricos. El objetivo es alcanzar un esquema de normalización de pagos que permita preservar relaciones construidas a lo largo de décadas y sostener la continuidad productiva.
Continuidad operativa y mirada a futuro
Pese al estrés financiero, la bodega aseguró que la prioridad es mantener la actividad y proteger la estabilidad de la compañía. A mediano plazo, desde la conducción plantean este momento crítico como un punto de inflexión que permita adaptarse a un nuevo escenario del mercado vitivinícola.
Lejos de anticipar un repliegue, la empresa confía en que, una vez reordenadas sus finanzas, podrá reafirmar su posicionamiento dentro del sector y sostener su liderazgo histórico.
Un emblema del vino argentino
Bodegas Bianchi fue fundada en 1928 por Valentín Bianchi, un inmigrante italiano que llegó a la Argentina con apenas 21 años. Desde San Rafael, Mendoza, la firma ganó rápidamente prestigio y en 1934 obtuvo el reconocimiento nacional como “máximo exponente de vinos finos”.
A lo largo de cuatro generaciones, la familia mantuvo el control de la empresa, atravesando procesos de modernización tecnológica entre las décadas de 1970 y 1990 y una expansión internacional durante el auge del Malbec argentino. En tiempos más recientes, debió enfrentar la competencia global, cambios en los hábitos de consumo y reiteradas crisis económicas locales.
Hoy, casi un siglo después de su fundación, Bodegas Bianchi enfrenta uno de los desafíos más complejos de su historia, en un contexto que expone la profundidad de la crisis que atraviesa la vitivinicultura argentina.