Hipólito Yrigoyen 5.358, Remedios de Escalada, Lanús. La fachada del local abandonado no es muy distinto a los muchos que pueden verse en ese y otros barrios del conurbano bonaerense. Dos persianas bajas tapadas por bloques de cartón, una puerta angosta al costado, de chapa, totalmente clausurada. Pintadas en las paredes, algo de basura. Cuando se pasa por esa vereda, nada hace pensar que hace 55 años, dos mundos hasta ese momento totalmente diferentes, compartirían una mesa en uno de los encuentros fugaces más irreales de las últimas décadas. En una punta, los máximos referentes de ese tiempo del sindicalismo argentino, José Ignacio Rucci y Lorenzo Miguel. En la otra, Muhammad Ali, el ex campeón del mundo de los pesos pesados, despojado de su título por negarse a ir a la guerra de Vietnam. El líder de la CGT, el hombre puesto por Juan Domingo Perón para ser su voz y sus ojos en el país, compartiendo un asado con el deportista que revolucionó su época, dentro y fuera del ring. En una fábrica metalúrgica de Lanús, entre dirigentes sindicales y productores teatrales, Rucci, Miguel y Ali bromearon, jugaron una pulseada y hasta hablaron de sindicalizar el boxeo. O eso dice el mito, que se gestó en ese local abandonado y que sigue atravesando generaciones con su potencia poética.
En noviembre de 1971, Muhammad Ali realizó una visita exprés a la Argentina, unas 40 horas para realizar una exhibición, hacer una serie de notas periodísticas –una televisiva junto a Hugo Orlando Gatti y su hijo pequeño –y no mucho más. El broche de oro fue ese asado con la dirigencia metalúrgica, en la fábrica de virulana Kelinda, del cual hay poca información certera y mucha mitología. Que al ex campeón mundial le fascinaron las achuras, que preguntó por la falta de “negros” en la población argentina, que se dio el primer paso para la futura Boxeadores Argentinos Agremiados. Muchas versiones y pocos testigos. Ali llegó a la Argentina de Alejandro Lanusse, presidente de facto con aires de grandeza, que buscaba darle continuidad a su proyecto político personal con el GAN –Gran Acuerdo Nacional –una especie de anticipado Pacto de Moncloa– que dejara a Perón fuera de camino. Pero Rucci y Lorenzo Miguel trabajaban incansablemente por la vuelta del líder justicialista, estaban en la cúspide de su poder, y no iban a dejar ganar al dictador. Además, se daban el lujo de comer con una celebridad mundial.
Nadie sabe a ciencia cierta quién o cómo se gestó la idea. Un nexo lógico entre ambos universos es el propio Lorenzo Miguel. Boxeador en su juventud, llegó a disputar 19 peleas como amateurs: 13 ganadas y 6 perdidas por puntos, la última en el mítico escenario argentino de box, el Luna Park. Cuenta la periodista Susana Viau que esa jornada Julián Meyer “lo sometió sobre el ring”, y le dio lo que en términos criollos sería una verdadera paliza. “Después del combate, colgó los guantes, pero no por la paliza sino por la orden inapelable de su madre. Aquella noche, doña Brígida Martínez, sin quererlo, le abrió camino al sindicalista”, recordó la periodista en una nota escrita cuando el dirigente falleció, en diciembre de 2002. La afición del metalúrgico al deporte despertó la idea del encuentro. La fábrica de Lanús era propiedad de Lorenzo Spadone, cuyo hermano Carlos se dedicaba a organizar espectáculos teatrales, quien fue el encargado de la exhibición en el Club Atlanta con el pesado argentino Miguel Ángel Páez, que no salió del todo bien. “Para después de la pelea, lo invitamos a un asado en mi fábrica en Lanús. Allí se encontró con Rucci, Lorenzo Miguel, y otros sindicalistas. Hablaron toda la noche con un intérprete. En un momento alguien lanzó el desafío y Rucci y Ali se enfrentaron en una pulseada”, recordó el propio Spadone, citado por el periodista e historiador Marcelo Larraquy. Las piezas estaban listas, era cuestión de poner la carne a la parrilla.
Chorizo, pulseadas y Perón
Los relatos del encuentro se basan en historias poco documentas, aunque bien repetidas. Se sabe que la famosa pulseada fue inmortalizada por el fotógrafo de la revista Las Bases, el órgano oficial del Partido Justicialista. “Podría decirse que fue la bienvenida de la ‘Patria Metalúrgica’ a Muhammad Ali. O que fue simplemente un asado”, especula Larraquy. En el sitio oficial de la Municipalidad de Lanús –que en su momento incorporó la fábrica en su recorrido histórico –habla que los invitados al asado fueron unos 100. “Antes de comer recorrió la fábrica en compañía de los hermanos Spadone. En un estante vio una estampita del santo San Benito de Palermo y asombró de que el catolicismo tuviera un santo negro. Pidió que le regalaran esa estampita y se la llevó en el bolsillo de su saco”, se cuenta.
El periodista Luciano González detalló sobre aquella noche: “Ali comió chorizo y bebió vino, conversó con todo aquel que se le acercó, con la asistencia de un traductor y con el peronismo como tema central”. En la sobremesa, la dirigencia sindical le habló de Perón, de la dictadura de aquellos días. La leyenda cuenta que el Rucci le reveló su intención de crear un sindicato de boxeadores. “Eso no existe en ninguna parte del mundo”, le dijo el ex campeón. “El peronismo tampoco”, remató el líder de la CGT. Lo cierto que en 1974, se creó Boxeadores Argentinos Agremiados existe desde 1974, una iniciativa atribuida a Perón, que algunos quieren creer que nació en aquella tertulia. Que claro, terminó con la marcha peronista como telón de fondo.
“Los negros somos nosotros”
Pero tal vez el mito más grande está en un supuesto diálogo entre Rucci y el boxeador, cuando unían Atlanta con Lanús en un auto de la UOM. Según muchos testimonios, Ali preguntó “dónde están los negros”. Y el dirigente sindical le contestó: “Acá, los negros somos nosotros”. El escritor Juan Stanisci ficcionaliza una parte del asado que se vincula con esta idea. “Le cuentan sobre el posible retorno de Perón. Sobre los fusilamientos de José León Suárez y la proscripción”, comienza en su texto. “Ali escucha concentrado sobre la resistencia peronista. Sonríe cuando le cuentan que una de las formas de llamar a los peronistas es ‘cabecitas negras’. ‘I’m a black head’, dice y muestra los dientes blancos. Todos celebran la ocurrencia y vuelven a cantar la marcha. Sin llegar al silencio, de una de las mesas empiezan a gritar: ‘Ali y Perón, un solo corazón’. Gritan todos juntos al unísono”, se recrea.
Más allá de las fuentes y las versiones, la idea que un líder sindical como Rucci y un deportista de fama planetaria como Ali congenien no es desopilante. La (supuesta) frase “los negros somos nosotros” muestras puntos de contacto entre sus dos mundos, al principio disímiles. Como Cassius Clay, el boxeador llegó a la cima del mundo, a fuerza de un talento nunca visto en un pesado, una combinación de golpes punzantes y baile sincronizado. Fue, como otros afroamericanos exitosos, un buen ganador. Pese a sus provocaciones o excentricidades, era lo que se esperaba de él. “Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”, describió en su momento Norman Mailer, escritor y periodista que fue un gran aficionado al boxeo, dejando algunas piezas memorables. Como Ali, la cosa cambió. Una vez despojado de su título, el poder lo puso en la ira. Su respuesta fue transparentar sus vínculos políticos con las organizaciones musulmanas, en especial con los Black Muslims y Malcolm X. Protestó contra la guerra, desafió al Tío Sam, despotricó en cuanto micrófono tuvo a disposición, pero ya no era simpático. Y el poder no suele perdonar estos desafíos.
Gestas
“Somos 30 millones de negros contra 170 millones de blancos; no tenemos munición ni armamento adecuados y sin embargo nuestra revolución sigue creciendo. Si utilizáramos la violencia, los negros no tendríamos la menor chance en los Estados Unidos, porque ni siquiera controlamos los abastecimientos. Seríamos como un toro enfurecido corriendo hacia un tren: sólo quedarían su carne y su sangre sobre las vías”. Este análisis lo hizo en una entrevista en suelo argentino, que el gran Osvaldo Soriano y Vicki Walsh le hicieron para el Diario La Opinión. Así, se diferenciaba de la Panteras Negras. Si bien no recriminaba su accionar –“no condeno a ningún hombre por defender aquello que cree está bien; especialmente si está dispuesto a dar su vida por ello”-era en rigor un pacifista. Y muy leal a sus principios. Cuando Elijah Muhammad, el máximo jerarca de los Black Muslims, decidió expulsarlo de la congregación por negarse a abandonar el boxeo, no discutió con su maestro, y respetuosamente acató la decisión. La misma lealtad que mostró Rucci hacia Perón.
Símbolo del sindicalismo ortodoxo, en los 70 Rucci se ganó la enemistad del ala izquierda del peronismo. “Perón, Evita, la patria socialista”, era el lema de aquellos grupos que veían en el metalúrgico un obstáculo hacia los favores del líder. En el proceso final de la vuelta de Perón al país, el empuje de la juventud fue fundamental, y esperaban ser protagonistas del nuevo gobierno justicialista, vinculado a los aires revolucionarios de la región, inaugurados por la Cuba de Fidel Castro. Pero el Che Guevara había muerto en Bolivia, y el entorno de Perón tenía otros planes. “Rucci, Lorenzo Miguel, Carlos y Lorenzo Spadone acompañan hasta la puerta al boxeador, el intérprete, el sindicalista y el chofer. Se despiden como grandes amigos. Cuando el auto arranca, Rucci aplasta una colilla y dice: ‘piola el negrito, ojalá nos haga buena prensa’”, cierra su relato Stanisci. En 1972 Ali recuperó la corona mundial. Ese mismo año, en noviembre, Rucci logró el suyo. La vuelta de Perón al país tras 17 años, la imagen del paraguas, la sonrisa de ambos. No se sabe si “el negrito” les hizo buena prensa en el mundo, pero dentro del peronismo la suerte estaba echada. Ali cerró su carrera con algunas peleas épicas, y tuvo tiempo hasta su enfermedad y muerte para disfrutar del reconocimiento de su gesta. Rucci, no.
*Lecturas de verano es una serie de notas que cada domingo de enero relatarán eventos históricos, míticos o curiosos vinculados al sindicalismo. La segunda entrega sigue escudriñando la relación con el deporte, estará dedicada a Diego Armando Maradona y su sindicato de futbolistas.