Es la actividad económica, estúpido: a pesar de la reforma laboral, la Argentina es el país de la región con menor expectativa de contratación

Aunque el Gobierno libertario impulsó una reforma laboral con la promesa de generar empleo, la Argentina exhibe hoy la menor expectativa de contratación de toda América. Los datos vuelven a demostrar que el trabajo no depende de la flexibilización laboral sino del nivel de actividad económica, el consumo y el poder adquisitivo de los salarios, variables que el propio modelo de Javier Milei viene deteriorando.

Por Matías Tagliani

Director de Data Gremial

Miércoles, 17 de junio de 2026 14:25

En 1992, mientras diseñaba la campaña presidencial que terminaría llevando a Bill Clinton a la Casa Blanca, el estratega James Carville escribió una frase destinada a ordenar las prioridades de su equipo: “The economy, stupid” (“Es la economía, estúpido”). No era un eslogan para el público, sino un recordatorio interno. La idea era sencilla: por más que el entonces presidente George Bush padre viniera de ganar una guerra y gozara de altos niveles de aprobación, si la economía andaba mal y la gente sentía que llegaba peor a fin de mes, terminaría votando en consecuencia.

Treinta y cuatro años después, la Argentina ofrece una versión local de aquella enseñanza. Aunque con una adaptación necesaria: es la actividad económica, estúpido.

Porque si algo vuelve a demostrar la realidad es que el empleo no se crea por decreto, ni por reformas laborales, ni por la eliminación de derechos. Se crea cuando las empresas venden, cuando hay demanda, cuando el mercado interno se mueve y cuando el salario permite consumir. Todo lo demás es dogma.

Y los datos acaban de propinarle un golpe demoledor a una de las principales premisas del experimento libertario.

Según el último relevamiento de ManpowerGroup realizado sobre 750 grandes empresas, la Argentina registró para el tercer trimestre de 2026 una expectativa neta de contratación de apenas 6 por ciento. No solo es un indicador pobre. Es el más bajo de los doce países relevados en todo el continente americano.

Sí, el último.

Por detrás de Puerto Rico (48%), Estados Unidos (45%), Brasil (37%), Costa Rica (36%), e incluso de economías mucho más pequeñas como Panamá (11%) o Chile (12%).

El dato resulta particularmente incómodo para el Gobierno porque llega después de haber impulsado una reforma laboral presentada como una herramienta destinada a promover la contratación privada.

Sin embargo, la realidad vuelve a ser más fuerte que la ideología.

La fantasía libertaria

Durante décadas, los sectores empresariales más conservadores y los economistas ortodoxos insistieron con una idea tan simple como falsa: que el problema del empleo argentino radica en la legislación laboral.

Según esa mirada, si se abaratan los despidos, se reducen las indemnizaciones, se flexibilizan las condiciones de contratación y se debilita el poder sindical, automáticamente aparecerían nuevas inversiones y puestos de trabajo.

La evidencia empírica jamás logró demostrar semejante afirmación.

De hecho, la experiencia argentina demuestra exactamente lo contrario.

Entre 2003 y 2011 el país protagonizó la mayor expansión del empleo privado formal de las últimas décadas. No hubo entonces una reforma laboral flexibilizadora. Tampoco una reducción de derechos. Mucho menos una motosierra sobre el Estado.

Lo que hubo fue otra cosa.

Hubo crecimiento económico sostenido, recuperación salarial, expansión del consumo, mercado interno fuerte y una política activa de sustitución de importaciones que permitió recuperar capacidad industrial y empleo nacional.

Las empresas contrataban porque vendían.

Y vendían porque había gente que compraba.

No era magia. Era economía.

El problema es que nadie consume

El drama del modelo económico de Javier Milei es que pretende generar empleo mientras destruye todas las variables que históricamente explicaron la creación de trabajo en la Argentina.

La prioridad absoluta de la Casa Rosada es bajar la inflación. Objetivo legítimo y necesario.

Pero el camino elegido consiste en secar la plaza de pesos, comprimir salarios, enfriar el consumo, reducir el gasto público y restringir la actividad económica.

El resultado está a la vista.

Mientras algunos indicadores macroeconómicos permiten al Gobierno exhibir cierta estabilidad nominal, la economía real muestra señales cada vez más preocupantes.

La medición desestacionalizada del Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) registró un crecimiento de apenas 0,4 por ciento en enero de 2026 y una caída de 2,6 por ciento en febrero, dejando al primer bimestre con una contracción acumulada de 0,2 por ciento.

Pero incluso más importante que el dato agregado es observar quiénes crecen y quiénes caen.

Los sectores que muestran expansión son minería, petróleo, gas, agro, pesca y actividad financiera.

Es decir, exactamente los sectores privilegiados por el modelo libertario.

En cambio, la industria manufacturera cayó 8,7 por ciento, el comercio se desplomó 7 por ciento y también retrocedieron actividades estrechamente vinculadas al mercado interno.

Dicho de otra manera: crecen los sectores exportadores y extractivos, pero se debilita el entramado productivo que genera empleo masivo.

El salario como variable de ajuste

Hay otro dato que ayuda a comprender por qué las empresas no están desesperadas por contratar trabajadores.

No tienen clientes.

La caída del consumo masivo se ha transformado en uno de los rasgos estructurales del actual ciclo económico.

Según Scentia, las ventas de alimentos, bebidas, productos de higiene y limpieza acumularon en el primer trimestre una baja interanual de 3,1 por ciento, luego de una caída de 5,1 por ciento en marzo.

Incluso los consumos básicos muestran retrocesos.

Las familias se endeudan para comprar alimentos.

Las tarjetas de crédito financian gastos corrientes.

La capacidad adquisitiva sigue deteriorándose.

Y cuando eso ocurre, el ajuste termina impactando directamente sobre comercios, pymes, industrias y servicios.

Precisamente los sectores que más empleo generan.

La consecuencia es lógica.

Si un comerciante vende menos, no incorpora personal.

Si una fábrica trabaja con capacidad ociosa, tampoco.

Y si las perspectivas económicas son inciertas, la prudencia empresarial reemplaza cualquier plan de expansión.

Eso es exactamente lo que describe ManpowerGroup al señalar que las organizaciones adoptan una posición de espera y muestran una actitud más conservadora respecto de nuevas incorporaciones.

Los datos fiscales también hablan

La recaudación tributaria aporta otra evidencia difícil de refutar.

El IVA, principal termómetro del consumo, cayó 3 por ciento real interanual.

Los aportes y contribuciones a la seguridad social descendieron 4,3 por ciento.

El propio Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) atribuye ese resultado a dos variables centrales: el comportamiento del salario real y la cantidad de empleo formal.

Más claro imposible.

Menos salario.

Menos empleo registrado.

Menos consumo.

Menos actividad.

Menos contrataciones.

La cadena causal parece bastante sencilla para cualquiera que no esté atrapado dentro de una planilla Excel o de un manual de economía austríaca.

La lección que Milei no quiere aprender

La frase de Clinton sigue vigente porque describe una verdad elemental.

Las sociedades no viven de teorías.

Viven de resultados.

Y los resultados muestran que la reforma laboral no produjo el boom de empleo prometido.

La Argentina tiene hoy la peor expectativa de contratación de toda América pese a haber avanzado sobre derechos laborales que el establishment económico llevaba años reclamando.

La razón es sencilla.

Las empresas no contratan porque despedir sea más barato.

Contratan cuando tienen pedidos.

Cuando venden.

Cuando producen.

Cuando la economía crece de verdad.

En un país como la Argentina, donde buena parte del empleo depende del mercado interno, del consumo y del poder adquisitivo de los salarios, destruir esas variables para combatir la inflación equivale a serruchar la rama sobre la que se pretende construir el crecimiento.

Por eso el problema no es laboral.

Nunca lo fue.

El problema es económico.

O mejor dicho, para adaptar aquella célebre enseñanza de la política norteamericana a la realidad argentina de 2026: es la actividad económica, estúpido.