Desde las usinas de opinión se habla de manera constante del supuesto “problema de los costos laborales”, del “precio retrasado del dólar”, de “las distorsiones que generan los subsidios” o del “riesgo empresario”. Todos estos temas están instalados desde un interés particular: el de los grandes grupos económicos locales y sus socios internacionales.
Sin embargo, esos discursos son reproducidos cotidianamente por millones de personas de los sectores populares que creen estar “opinando” sobre cuestiones sensibles de nuestra sociedad. Pero, como advertía el poeta y crítico literario Aldo Pellegrini, “los detentadores del poder fabrican la llamada opinión pública, y ésta actúa dócilmente en defensa de los intereses que propician la sumisión”. La opinión pública, decía, es la opinión de los hombres sin opinión.
En la misma línea, el filósofo argentino José Pablo Feinmann, retomando el concepto de existencia inauténtica de Martin Heidegger, señalaba que quienes reproducen estos relatos creen que están pensando, cuando en realidad están siendo pensados por otros. Pensados por quienes diseñan la ingeniería social que modela la opinión colectiva en beneficio de intereses extranjeros y de minorías poderosas, condicionando y vaciando de contenido a la democracia hasta convertirla en una plutocracia encubierta.
La doble vara del debate público
Lo paradójico es que estos temas, cuando se los aborda desde una perspectiva favorable a los trabajadores, generan escándalo e indignación, como si se estuviera cuestionando la curvatura de la Tierra en plena Edad Media.
En redes sociales aparecen ejércitos de “defensores de ricos” que insultan a cualquiera que se atreva a discutir estas cuestiones, tildándolo de ignorante, ridículo o “zurdo”, como si eso fuera un agravio. Sin embargo, cuando los grandes medios hablan las 24 horas de extender la jornada laboral de ocho a doce horas, de instaurar bancos de horas para eliminar el pago de extras, o de llevar el período de prueba de tres a seis, ocho o incluso doce meses, nadie se indigna. Hasta parecen “reformas necesarias” o pasos hacia una supuesta “modernización laboral”.
En realidad, se trata de discusiones medievales, que pretenden retrotraer derechos conquistados hace casi un siglo, incluso antes de la Ley de Jornada Laboral (Ley 11.544), promulgada el 12 de septiembre de 1929.
Salario, tiempo y deshumanización
El trabajador sólo cuenta con su fuerza de trabajo, es decir, con su propio ser, que es también tiempo vital, para trocarla por un salario y así participar del mercado de bienes y servicios. En los seres humanos, que somos finitos, ser y tiempo son inseparables. Eso es lo que se entrega cuando se trabaja.
Si esa fuerza no se puede intercambiar por un salario, se consume inútilmente y el trabajador queda excluido de los bienes indispensables para subsistir. Pero los seres humanos no estamos hechos sólo para subsistir: tenemos deseos, proyectos y capacidad creadora. Todo lo que nos quita recursos y tiempo nos deshumaniza.
Eso que los empresarios llaman livianamente “costos laborales” es, en realidad, vida humana. Y eso es lo que buscan reducir, intentando convertir al trabajador en una ameba productiva.
El verdadero deterioro salarial
En 2015, el Salario Mínimo Vital y Móvil argentino era el más alto de la región y alcanzaba los 589 dólares. En términos reales, su poder de compra cayó más del 50% y hoy se encuentra incluso por debajo del nivel de 1990. Pasó de representar el 36% del salario promedio registrado al 18%.
Medido en pesos constantes, equivalía a $695.000 en 2015 y en abril de 2025 apenas superaba los $297.000. Hoy no cubre ni la línea de indigencia y representa apenas el 26,2% de la Canasta Básica Total. Se necesitan casi cuatro salarios mínimos para no ser pobre.
Este es el verdadero “costo” que se oculta cuando se habla livianamente de costos laborales.
Los salarios están retrasados (y no el dólar)
Según datos oficiales, la remuneración bruta promedio en abril de 2025 fue de $1.679.334. Diversos estudios muestran que entre 2015 y 2025 el salario real promedio perdió alrededor del 35% de su poder de compra.
Para recuperar el nivel de 2015, hoy el salario promedio debería ubicarse cerca de los $2.583.590. Entonces surge la pregunta: ¿por qué no se habla del retraso salarial con la misma insistencia con la que se habla del “retraso cambiario”?
Esa diferencia es, en los hechos, un subsidio que los trabajadores le pagan a los empresarios. Pero el oligopolio comunicacional no está en manos de los trabajadores, sino de las corporaciones económicas.
Reducir la jornada: una discusión moderna
Si lo que el trabajador vende es tiempo de vida, ¿es razonable discutir una flexibilización regresiva de la jornada laboral cuando los salarios están retrasados? Claramente no.
Por el contrario, si se habla de modernización, la discusión en el mundo va en sentido opuesto: reducción de la jornada, semanas laborales más cortas y mejor calidad de vida, sin reducción salarial.
Brasil, bajo el gobierno de Lula da Silva, discute terminar con el régimen 6×1 y avanzar hacia esquemas de cuatro días de trabajo. Chile, México y Colombia avanzan en debates similares. Incluso desde sectores empresarios y ONG como 4 Day Week Global se promueven semanas de 32 horas con resultados positivos en productividad y bienestar.
Una lucha histórica que sigue vigente
La jornada de ocho horas fue una conquista histórica de la clase trabajadora frente a jornadas de 12 y 16 horas. Pero fue pensada para un sistema productivo de hace más de un siglo, completamente distinto al actual.
Hoy, frente a una contrarrevolución patronal que busca ampliar jornadas y flexibilizar derechos, la lucha por la reducción del tiempo de trabajo vuelve a ser central. No se trata sólo de salario: se trata de trabajar para vivir y no vivir para trabajar.
Es una lucha por la que murieron los Mártires de Chicago y millones de trabajadores en todo el mundo. Y sigue siendo, hoy, una de las discusiones más profundas y necesarias para cualquier proyecto verdaderamente democrático.