En 1962, el país era un polvorín. en marzo el gobierno radical de Arturo Frondizi terminó abruptamente.los militares dieron un golpe y en medio de una interna propia –el famoso enfrentamiento entre azules y colorados –decidieron poner al frente de Ejecutivo a José María Guido, un civil de origen radical que llegó al sillón de Rivadavia empoderado por las Fuerzas Armadas y legitimado por la Corte Suprema. El golpe se dio luego que el peronismo, habilitado para competir en elecciones de medio término, arrasara en las urnas, y ganara arias gobernaciones, incluyendo la provincia de Buenos Aires. El malestar castrense con Frondizi por cumplir su palabra de levantar la proscripción del justicialismo creció, y la visita de Ernesto Che Guevara al presidente –el revolucionario argentino iba rumbo a Montevideo a representar a Cuba en la cumbre de la OEA –fue la excusa prefecta. La reacción del movimiento obrero no se hizo esperar, ya que el golpe dado al gobierno democrático lo sentía especialmente propio: el dirigente textil Andrés Framini era el gobernador electo bonaerense que los militares no dejaron asumir. Por eso, como en el 55, comenzaron a planear un plan de acción.
El mismo se concretó en una cumbre donde estuvieron los gremios más combativos de la época, un debate más allá de lo sindical y político. De allí nación el programa de Huerta Grande, una verdadera “constitución” del gremialismo revolucionario. Un hilo conductor que comenzó en La Falda y que llegó al Cordobazo, el punto más alto de conflictividad argentina.
Huerta Grande fue la respuesta del movimiento obrero a una nueva interrupción democrática. Frondizi ganó las elecciones con el peronismo proscripto. Juan Domingo Perón llamó a votar al representante de la UCR, por un compromiso asumido en conversaciones previas: Una vez en el poder legalizaría al justicialismo y devolvería la CGT a los trabajadores. Muchos siguieron la orden del líder, pero muchos otros no. El malestar por los años de persecución y represión hacían mella, y la idea de “pactar” con el sistema no les gustaba. En los gremios estas dos miradas generaron una división. Por un lado, los que pretendían seguir luchando, que en su gran mayoría habían sido protagonistas de la cumbre de La Falda, en 1957, el antecede directo de Huerta Grande. Otros, pensaban que era momento de sumarse al sistema, y jugar dentro de las reglas impuestos.
A estos segundos se los conocía como “integracionistas”, y tenían en Augusto Timoteo Vandor su máximo representante. El primer grupo decidió buscar herramientas para enfrentar este nuevo avance de la represión militar. Por eso comienza a surgir la idea de un nuevo encuentro para difundir un plan de lucha. La convocatoria la realizan las 62 Organizaciones Peronistas, el brazo político de la CGT, a través del llamado “grupo de los 20”, que capitaneaban las medidas contra el nuevo avance autoritario.
La cita de Huerta Grande en la provincia de Córdoba es esa respuesta organizada al nuevo avance del autoritarismo. Si bien Guido asume de improvisto y en medio de una confusa situación (los medios de esos días confirman que en su asunción recibe el bastón que correspondía a Nicolás Avellaneda y la banda de Victorino de la Plaza, que “urgentemente fueron retirados del Museo Nacional”), lo que no impide que se tomen medidas inmediatas, vinculadas al proceso represor. Para eso, firma un “acta secreta” donde se compromete a co-gobernar con los militares, cerrando el Congreso nacional, manteniendo la proscripción del peronismo (suma al comunismo, en auge por la revolución cubana), además de anular las elecciones e intervenir provincias. La llegada al Ministerio de Economía de Álvaro Alsogaray adelanta un plan de ajuste que golpea a los trabajadores.
En ese contexto, se llama al encuentro. Así lo recuerda el historiador y periodista Roberto Baschetti: “En esta situación nacional de honda crisis, reflejada en el derrocamiento de Frondizi por los militares, que no se deciden a tomar en sus manos directamente el gobierno por el momento, sino que permanecen vacilantes y divididos (en dos bandos: Azules; gorilas cuando hace falta y Colorados; gorilas las 24 horas); y en un marco internacional que se consideraba favorable para la lucha de los pueblos (los procesos de Cuba -Castro- y Egipto –Nasser- estaban muy presentes), el movimiento obrero presenta su programa”.
Propuesta
A Córdoba llegan los sectores decididos a hacer frente a la nueva dictadura. Junto al gobernador fallido Framini están los legisladores que no pudieron asumir: Sebastián Borro (Frigorífico Nacional), Jorge Di Pascuale (Farmacia), Roberto García (Caucho), Eustaquio Tolosa (Portuarios). Luego de un largo debate, se aprueban como objetivos programáticos a imponer al gobierno, los puntos que constituirán “una profundización de los contenidos anti-oligárquicos del peronismo”, de acuerdo con el “giro a la izquierda” que se grupo de gremios consideraba que alentaba Perón desde Madrid, y que fuera expresado en un largo discurso de Andrés Framini, una de las figuras del encuentro. Amado Olmos, el gran dirigente del gremio de la Sanidad, fue otro de los más destacados protagonistas del encuentro y propulsor de las trascendentes definiciones alcanzadas, desde la presidencia del congreso.
El programa final consta de 10 puntos, que leídos en estos días tienen una enorme vigencia: nacionalizar todos los bancos y establecer un sistema bancario estatal y centralizado; Implantar el control estatal sobre el comercio exterior; nacionalizar los sectores claves de la economía: siderurgia, electricidad, petróleo y frigoríficas; prohibir toda exportación directa o indirecta de capitales; desconocer los compromisos financieros del país, firmados a espaldas del pueblo; prohibir toda importación competitiva con nuestra producción; expropiar a la oligarquía terrateniente sin ningún tipo de compensación; implantar el control obrero sobre la producción; abolir el secreto comercial y fiscalizar rigurosamente las sociedades comerciales; planificar el esfuerzo productivo en función de los intereses de la Nación y el pueblo argentino, fijando líneas de prioridades y estableciendo topes mínimos y máximos de producción.
Legado
En términos prácticos, el programa funcionó como una plataforma de gobierno para el movimiento obrero, con un enfoque de clase que incluía la expropiación de la oligarquía terrateniente sin indemnización y la abolición del secreto comercial. Como continuidad del plan trazado en La Falda cinco años antes, este nuevo intento de generar directrices para la recuperación de la democracia y la soberanía estaba teñido por la nueva coyuntura, con la revolución cubana como estandarte. Por eso muchos análisis hablan de Huerta Grande como “La Falda más de izquierda”. “El programa de Huerta Grande de 1962 reafirmaba y ratificaba el programa peronista de La Falda de 1957, aunque algún autor de la izquierda nacional ha creído ver en él, ‘no solo un carácter nacional sino también de tipo socializante’, para nada contradictorio con el pensamiento del propio Perón, que en los mismos orígenes del peronismo había hablado de Socialismo Nacional, en atención al segundo término de una de las banderas principales del movimiento: la Justicia Social, y por eso le había llamado Justicialismo, en consideración al primer término de dicho concepto, a fin de darle un carácter inédito y original que la palabra socialismo no le aportaba”, destaca Jorge Abelardo Ramos.
En el plano sindical, el programa le dio un marco a la resistencia sindical, que protagoniza lucha contra la entrega del país a monopolios y organismos internacionales, como marcaban sus principales referentes, consolidando además la postura combativa del peronismo proscrito en la época de la resistencia. Lo dijo el propio Framini días posteriores a la reunión cordobesa: “El sistema capitalista está en crisis, nada ni nadie podrá salvarlo. ¿Y qué es el salario en éste sistema capitalista? una pequeña parte del valor real de lo que producimos. ¿De qué sirve luchar por un mero aumento de salarios si a los dos meses todo aumentó y volvemos a lo mismo, apenas a ganar unos pesos para subsistir? Hay que transformar toda la estructura económica, financiera y jurídica, social, política y estatal”.
El programa de La Falda, de agosto de 1957, y el de Huerta Grande, de junio de 1962, son los dignos antecedentes del Programa del 1º de Mayo, que en esa fecha de 1968 se publicó en el primer número del periódico de la CGT de los Argentinos, el espacio que consolido institucionalmente todos esos esfuerzos combativos, que además se nutrían de un espíritu revolucionario que comenzaba a circular por el continente. “El golpe de 1955 destruyó las conquistas sociales y políticas logradas por los trabajadores. Para resistir y luchar en contra del imperialismo y la oligarquía, el movimiento obrero realizó propuestas políticas, sociales y económicas, con el objeto de evitar la dispersión y neutralizar el discurso oficial”, recalcó Nicolás Goszi. Esa propuesta, muchos piensan que hoy están más vigentes que nunca.
Así lo marca Héctor “Gringo” Amichetti: “La cuestión es que para el radicalismo amarillo de aquellos tiempos, para los Alsogaray y Pinedo que fueron ministros de economía de Guido, para quienes eran el equivalente a los actuales Rocca, Galperín, Magnetto y otro puñado de multimillonarios, para los financistas extranjeros, las multinacionales monopólicas. ‘Tarde o temprano, la razón, la verdad y la justicia triunfarán. Por eso seguimos la táctica del agua que siempre pasa, con violencia, si se puede; sino con perseverancia. No hay poder en la tierra que pueda contener a un pueblo que decide imponer sus derechos y conquistar su libertad’ decía Framini en aquel reportaje. Y así fue”. Por lo menos en el Cordobazo.