Es sabido que, para someter a un colectivo humano, no basta con la coerción. También tiene que existir consenso. Y para ello se debe construir un relato que “explique” por qué determinado orden social es más beneficioso para ese colectivo que otros. Muchas veces, ese relato, lejos de estar sustentado en hechos, en historia y en datos duros, está basado en “mitos”.
Con el capitalismo de mercado sucede lo mismo. Y hoy más que nunca. Desde la proliferación de las redes sociales y luego con el gobierno libertario de Milei, estos mitos se difundieron tanto desde un ejército de “influencers” como desde el discurso oficial del gobierno. Y estos relatos no son para nada novedosos: vienen construyéndose desde hace mucho tiempo, desde la llamada “Guerra Fría” hasta luego de la caída del Muro de Berlín, donde lograron un protagonismo hegemónico.
Fueron difundidos desde Hollywood —una de sus más grandes y efectivas usinas de propaganda—, desde los ámbitos universitarios —donde en economía podemos encontrar referentes como Milton Friedman y Friedrich Hayek— y desde los medios masivos de comunicación —a través de programas de opinión y noticieros—. Pero también, en las sombras, nos encontramos con fundaciones o “think tanks”. En nuestro país, como la Fundación Atlas o la Fundación Mediterránea, que desarrollan charlas, cursos, financian estudios, a políticos y llevan adelante lobbies para influir en políticas públicas.
A ellos no les gusta hablar de “ideologías”, pero podemos encuadrarlos dentro de la ideología neoliberal, que hoy nos vuelven a vender con un nuevo “sombrero de la Baby Malibú” libertario. Pero, como decía, estos mitos no son nuevos y tal vez por eso sean tan efectivos: vienen sedimentándose en nuestra cultura durante décadas a través de grandes medios que hoy se ven multiplicados con la revolución de las redes sociales y que otra vez han tomado los aparatos ideológicos del Estado.
Pero vamos a dejarnos de preámbulos e ir al grano, lector. Más aún teniendo en cuenta que hoy tenemos el problema de tener que explicar y rebatir lo ya instalado disponiendo de menos de 140 caracteres.
1) EL CAPITALISMO TRAJO PROGRESO A LA SOCIEDAD
Uno de los grandes mitos que se instaló, y que repiten hasta el hartazgo los influencers y cacatúas del neoliberalismo maquillado de rebeldía —el libertarianismo—, es el que reza que “el capitalismo trajo progreso a la sociedad”.
Dicen que antes de la Revolución Industrial solo había hambrunas, pestes, saqueos, gran mortalidad infantil y una esperanza de vida menor a los 30 años. La realidad es que, lejos de ser el capitalismo el que redujo esos problemas sociales, en sus comienzos los acentuó. Es verdad que hubo mayores niveles de producción, pero esto no trajo prosperidad a las mayorías. Al contrario: fue a costa de las grandes mayorías de campesinos, devenidos en obreros fabriles, que se logró este incremento en la producción, sumado a los adelantos técnicos de la época, que no se originaron en el capitalismo sino que dieron lugar a este.
Durante mucho tiempo después de la llamada Revolución Industrial, los trabajadores tuvieron pésimas y paupérrimas condiciones de vida, hacinados tanto en fábricas como en pensiones de mala muerte, sin ningún atisbo de salubridad ni dignidad. Sin derechos laborales ni gremiales, reprimidos ante cualquier reivindicación que planteara algún cambio en sus condiciones materiales. Trabajaban a la par hombres, niños, niñas y mujeres embarazadas, durante jornadas extenuantes que en muchos casos superaban ampliamente las 12 horas diarias, llegando a 16 o más horas. Con salarios que apenas alcanzaban para subsistir de manera mísera y precaria, y donde morían de enfermedades prevenibles o por la violencia que ese tipo de condiciones generaba en la sociedad.
En cuanto al progreso de la ciencia, sostener que el desarrollo científico se explica exclusivamente por la “propiedad privada” y la “competencia del mercado” es desconocer cómo se desarrolló históricamente la ciencia, que siempre tuvo como base procesos de cooperación, acumulación colectiva del conocimiento y circulación relativamente abierta de saberes. Nunca podría existir desarrollo científico con la figura mítica de un capitalismo que enaltece el individualismo por sobre lo común, como aquel “Robinson Crusoe” que se las ingenia para sobrevivir solo en una isla —cosa que tampoco era así, porque tenía a Viernes, que era su sirviente nativo—.
2) CON EL FEUDALISMO LOS TRABAJADORES ESTABAN PEOR
Antes de que a los trabajadores campesinos les fueran arrebatadas sus tierras y de que fueran desarticulados los gremios de artesanos por quienes luego serían llamados “capitalistas”, eran poseedores directos de sus medios de producción y contaban con formas propias de organización del trabajo y de la vida.
Esto no implica idealizar el feudalismo ni desconocer las relaciones de dependencia que existían, pero sí señalar una diferencia material clave: no se trataba de una población estructuralmente desposeída de sus medios de subsistencia.
Salvo en casos de crisis derivadas de factores climatológicos o catástrofes naturales, no existía un proceso sistemático de expulsión de las personas de sus condiciones de reproducción material, como sí ocurrió luego con el desarrollo del capitalismo. Las hambrunas que se registraban no respondían a una lógica de acumulación y desposesión, sino a limitaciones productivas propias de la época.
Si bien los campesinos estaban sujetos a la tierra y debían tributar a los señores feudales, no estaban obligados a vender su fuerza de trabajo en un mercado laboral para poder sobrevivir. Esto implica una diferencia sustancial: conservaban un vínculo directo con los medios que garantizaban su subsistencia.
Con la transición al capitalismo, en cambio, esos trabajadores fueron progresivamente despojados de sus tierras, de sus herramientas y de sus formas de producción, quedando reducidos a una única alternativa: vender su fuerza de trabajo para subsistir. Este proceso —visible, por ejemplo, en los cercamientos en Europa— implicó no solo un cambio económico, sino una ruptura en las condiciones de vida.
Es en ese contexto donde aparecen las jornadas extenuantes, el trabajo infantil, el hacinamiento urbano y la imposibilidad de sostener formas autónomas de organización de la vida familiar y productiva. Por eso, afirmar que los trabajadores “estaban mejor” con el advenimiento del capitalismo es, como mínimo, una simplificación que omite las condiciones concretas en las que se dio esa transición, idealizando una etapa en la que los trabajadores fueron sometidos a condiciones de vida paupérrimas y de profunda explotación.
Se suele argumentar que en el feudalismo no había libertad. Ahora bien, ¿de qué libertad estamos hablando? Porque si la libertad en el capitalismo se reduce a la posibilidad formal de vender la propia fuerza de trabajo o morir de hambre, entonces estamos frente a una libertad meramente abstracta.
En los hechos, durante los primeros años del capitalismo, los trabajadores no solo fueron despojados de sus medios de subsistencia, sino que además fueron reprimidos violentamente cuando intentaron mejorar sus condiciones de vida. Ejemplos sobran: desde las luchas obreras en Europa hasta episodios como la Semana Trágica en Argentina, donde la respuesta a los reclamos fue la represión y la muerte.
En ese contexto, la llamada “libertad” no era más que la libertad de aceptar condiciones de explotación o quedar excluido de toda posibilidad de subsistencia. Una libertad formal que no se traducía en condiciones materiales reales de vida digna.
3) CON EL CAPITALISMO SE OBTUVIERON GRANDES AVANCES EN LA CALIDAD DE VIDA
No fue el capitalismo, por sí mismo, el que garantizó las libertades cívicas y sociales de las que hoy gozamos. Estas fueron, en gran medida, el resultado de las luchas que llevaron adelante los trabajadores y trabajadoras organizados, que costaron millones de muertos alrededor del mundo y ríos de sangre.
La reivindicación de la jornada de ocho horas fue producto, por ejemplo, de las luchas de los Mártires de Chicago en Estados Unidos, y en nuestro país de procesos como la Semana Roja, la Semana Trágica, las huelgas de los talleres Vasena, la Patagonia Trágica, la resistencia peronista, entre otros.
Y son derechos que, si no se los protege, pueden retroceder, como sucede hoy con el intento de establecer el “banco de horas”, que flexibiliza esa jornada de ocho horas diarias que tanto costó conseguir al movimiento obrero.
¿Y la ciencia? Si bien ha producido avances que mejoraron la calidad de vida, hoy se encuentra en gran medida orientada hacia objetivos que generan mayores niveles de ganancia para los poseedores del capital, hacia el desarrollo de armamentos cada vez más eficaces para someter a otros países o hacia sistemas de administración y generación de la llamada “big data”, destinados a hacer más eficiente la venta de objetos muchas veces innecesarios.
¿Qué niveles de calidad de vida se habrían alcanzado si una mayor parte de esa energía se destinara a desarrollar curas contra el cáncer, descontaminar las aguas o prevenir enfermedades congénitas?
¿Qué calidad de vida tendrían las mayorías mundiales si, en lugar de concentrarse una proporción significativa de la riqueza producida por la humanidad en una minoría, se distribuyera de manera más equitativa, evitando que millones sigan padeciendo hambre o muriendo por enfermedades prevenibles?
¿Qué mayores niveles de vida tendríamos si no se destruyera el ecosistema en pos de que unos pocos adquieran mayores niveles de ganancias?
4) EL EMPRENDEDURISMO MERITÓCRATA
Otro mito es el del individuo todopoderoso, aislado de toda coyuntura o factor social. En las redes pululan miles de “influencers” pregonando el “sé tu propio jefe”, “si sos pobre es porque sos un fracasado”, etc., escindiendo a los individuos de su contexto social e histórico, como si todos pudiéramos ser Robinson Crusoe del éxito capitalista.
Pareciera que ser un “trabajador en relación de dependencia” hoy en día es un “fracaso” y, en cambio, ser un emprendedor, “ser tu propio jefe”, lo deseable. ¿Pero por qué tengo que ser yo un emprendedor? ¿Y si no quiero emprender ningún negocio? ¿Por qué no podemos tener sueldos que nos alcancen para vivir dignamente y proyectar una vida en base a nuestros sueños? “No, tenés que tener tu propio negocio”.
Pero este discurso va en contra de la lógica de cómo se desarrolla una sociedad capitalista. Porque si fuéramos todos emprendedores, si no hubiera trabajadores dependientes, entonces estaríamos en una sociedad horizontal de emprendedores independientes, no en una sociedad capitalista, que para ser tal tiene que organizarse de manera vertical, con capitalistas que obtengan ganancias del plusvalor que genera el trabajo dependiente.
Ese planteo —y lo que en el fondo propone, sin darse cuenta, el discurso emprendedurista, y lo que desean quienes lo consumen— termina derivando, paradójicamente, en ¡una sociedad horizontal socialista!
En realidad, lo que pretenden estos discursos es culpabilizar a las víctimas de este sistema desigual y construir el relato de que los exitosos lo son por mérito propio y no porque heredaron fortunas de sus padres a través del instituto de la herencia.
Si hay algo que no existe en el capitalismo es la meritocracia. Sus orígenes fueron el saqueo de las tierras y medios de producción de los campesinos y artesanos, y su desarrollo se sostiene en la apropiación de la plusvalía de quienes realmente trabajan.
Es por ello que el anarquista Proudhon decía “la propiedad es un robo”, no como sostienen hoy los libertarios respecto de los impuestos —que más que con un “robo” están relacionados con una cuestión de “solidaridad social”—. Pero no cualquier propiedad: la propiedad de los medios de producción, que es de lo que los capitalistas se han apropiado históricamente. La propiedad privada individual, la necesaria para subsistir y desarrollarse dignamente, nunca estuvo en discusión.
UN ENCADENAMIENTO DE MITOS Y FÁBULAS
Es así como, a través de estos mitos y fábulas —como la del sujeto emprendedor—, se sostiene un sistema que beneficia a unos pocos. Y existen otros recursos que funcionan como engranaje discursivo de estas ideas: la negación del otro y la supresión del debate mediante la adjetivación vacía y estigmatizante, como la de llamar “zurdo” a cualquiera que intente esbozar un pensamiento disidente. Pero de eso hablaremos en otra oportunidad.
Como ya lo había vislumbrado Étienne de La Boétie —mucho antes que Gramsci— en su “Discurso de la servidumbre voluntaria”, ante la pregunta “¿por qué millones obedecen a uno solo?”, una de sus respuestas fue clara: los poderosos construyen relatos donde se los presenta como necesarios, protectores y legítimos.
El capitalismo, entonces, ha creado discursos y relatos donde se presenta como “necesario” para el progreso, “protector” de la libertad de las personas y “legítimo” a través de la meritocracia.
Mitos y fábulas que hoy nos encontramos a la vuelta de la esquina, repetidos por el taxista, el verdulero o incluso el eminente médico que nos opera de la vesícula.