El 2 de abril de 1982, el pueblo argentino copó Plaza de Mayo. La multitud marchó con banderas argentinas, para saludar la decisión del gobierno militar de recuperar por la fuerza las Islas Malvinas. La invasión de los cuerpos de elite de las Fuerzas Armadas fue un secreto a voces hasta que el entonces presidente de facto Leopoldo Galtieri lo anunció. Sería el inicio de un proceso de más de 70 días que incluyó una guerra desigual y muy mal planificada y peor ejecutada, que dejó más de 600 combatientes muertos. Dos días antes, esa misma plaza frente a Casa Rosada estuvo igual de colmada, en ese caso por una cuestión muy distinta: el malestar del pueblo trabajador a las políticas del gobierno. Ese día, la CGT Brasil, la línea combativa de la central obrera que había protagonizado el primer paro general a la dictadura en abril de 1979, realizó una nueva protesta, ante el avance del plan neoliberal que estaña deprimiendo salarios y castigando a las familias obreras. Ese día no hubo banderas, ni abrazos ni vítores. Hubo una violenta represión contra la dirigencia que reclamaba n cambio de rumbo.
La irrupción de Malvinas en el escenario puso en suspenso esos reclamos, ya que los gremios apoyaron –incluso con matices –la guerra, aunque en el caso del sector que lideraba Saúl Ubaldini mantuvo sus reclamos contra el gobierno de facto, el apoyo incluyó algunas tareas concretas, como las realizadas por un equipo de Vialidad Nacional que realizó obras en el escenario de batalla.
En menos de dos días, el clima del país cambió rotundamente. Las protestas de esa huelga estaban vinculadas a la grave situación económica, que había disparado la pobreza y la desocupación, que eran hace un tiempo no era un problema. La consigna Pan, Paz y Trabajo incluía la vuelta a la democracia, y reflejó el descontento popular ante la inflación, la desindustrialización y la falta de empleo, postales del modelo encabezado por José Martínez de Hoz. La movilización fue un hito de resistencia obrera, liderada por la CGT Brasil, para enfrentar al gobierno de Galtieri, que enfrentaba rumores de “fin de ciclo”.
La marcha fue duramente reprimida en Buenos Aires y otras ciudades, resultando en cientos de detenidos y la muerte del sindicalista Benedicto Ortiz en Mendoza. Pero el desembarco en las Islas Malvinas dejó en segundo lugar el tema. A partir de allí, los gremios alineados a las dos fracciones de la CGT –Brasil y Azopardo –apoyaron “la gesta”, como explican varios testimonios de la época. Uno de los datos centrales de esta tregua es que al acto de asunción de Luciano Menéndez, gobernador de las islas durante la ocupación argentina, estuvieron varios dirigentes sindicales, incluyendo al propio Ubaldini (recientemente liberado) y Fernando Donaires, su segundo. Además, estuvieron Jorge Triaca (plásticos), Ramón Baldasini (correo), Rodolfo Soberano (molineros) y Luis Etchezar (La Fraternidad).
La presencia del ala dura del sindicalismo fue visto como un reconocimiento de la propia dictadura de la legitimidad del espacio, incluso luego de haber detenido a buena parte de la comisión de los 25. Apenas comenzó la gesta, la central obrera calificó la acción militar como “un acto legítimo de justicia”, a partir del cual se esperaba que se proyectara más allá de la soberanía territorial y que constituyera el punto de partida para “el ejercicio integral de la soberanía popular, es decir, una salida política hacia la democracia”.
La CGT, recordó Carla Sangrilli, investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata, recordó la postura de la entidad: “Una vez más, demostrando el profundo sentido nacional de los trabajadores, expresa su adhesión al resto de los argentinos compartiendo el momento especial que se vive por la anexión definitiva de nuestras islas Malvinas”. “La CGT, ratificando su posición clara y definitiva, en cuanto a los reclamos que viene sosteniendo por la defensa del patrimonio nacional, contrario a los intereses de la política económica actual, no ve obstáculo para afirmar y compartir las medidas adoptadas para recuperar ese pedazo de nuestra Patria”, expresó.
Vialidad Nacional
Además de la tregua que se abrió entre la CGT y la dictadura, la guerra de Malvinas generó acciones concretas respecto del apoyo a la gesta. Una de las más importantes la dio un grupo de trabajadores de la Dirección de Vialidad Nacional que se ofreció como voluntario en abril de 1982 para realizar tareas fundamentales en las islas. Cuatro agentes destacados fueron el ingeniero Alberto Gaffuri, el técnico Roberto Emilio Cogorno, el instructor-maquinista Facundo Tolava y el mecánico Luján Efraín Marrone, quienes trabajaron en las islas. Estos agentes, junto a otros civiles y personal de ingeniería, cumplieron funciones clave para la logística y el sostenimiento de las operaciones aéreas y terrestres en el terreno.
Las vivencias de estos trabajadores, incluyendo aquellos que no estuvieron en las islas pero sí en el Teatro de Operaciones, fueron recogidas en publicaciones de la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN). Gaffuri fue el único ingeniero civil en las Islas, y en una entrevista contó cómo fue poner de manera voluntaria “su conocimiento al servicio de la Patria”. A través de una investigación en curso, la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (FIUBA) tiene identificados al momento 12 veteranos de guerra de Malvinas integrantes de su comunidad que participaron en calidad de estudiantes o graduados de esa Casa de Altos Estudios.
Uno de ellos es el ingeniero civil Gaffuri, quien fue jefe del equipo de Vialidad Nacional que trabajó en Malvinas durante el conflicto y que actualmente preside el Centro de Civiles Veteranos de Guerra “Operativo Malvinas” con sede en Bolívar 382 del centro porteño. Gaffuri contó que ese 2 de abril de 1982 sintió que “algo le resonaba por dentro” y no dudó en ofrecerse junto a otros seis compañeros de Vialidad Nacional -de un total de 17 mil agentes- como voluntarios para ir a “poner su conocimiento al servicio de la Patria” en las Islas Malvinas. “Cuando nos reunimos el 6 de abril con el administrador General del organismo para ofrecernos como voluntarios, él nos informó atónito, emocionado, que justamente venía del Comando de Ingenieros del Ejército Argentino, donde se le comunicó que cuatro agentes de Vialidad Nacional estaban convocados como civiles bajo bandera, entre ellos, yo”, recordó Gaffuri hace unos años.
Al día siguiente se presentó en Campo de Mayo junto al técnico en mecánica de suelos, Roberto Emilio Cogorno; el mecánico vial, Luján Efraín Marrone y el maquinista vial, Facundo Tolava, con quienes partiría en la madrugada del 12 de abril en un Boeing 707 desde El Palomar hacia Río Gallegos y de allí serían trasladados en un Boeing 737 para aterrizar pasadas las siete de la mañana en Puerto Argentino.
Tregua
Este caso es el más emblemático sobre cómo el movimiento obrero decidió dejar de la la lucha contra la dictadura –o en el caso de la CGT de Triaca las negociaciones –y ponerse al servicio de la causa, que terminó en la guerra y su final conocido. Algunos autores han coincidido en ver al movimiento sindical dando su primer apoyo a una medida adoptada por el gobierno militar luego de años de represión, que se convirtió en esa coyuntura en un “aliado valioso” de la dictadura, pero el investigador Arturo Fernández segura que los dirigentes “fueron engañados y cayeron en el engaño de ‘creer’ en los verdugos de la clase obrera”, señalando cierta ingenuidad. En el caso de Álvaro Abós observa el apoyo a Malvinas del grueso del sindicalismo, pero teniendo en cuenta “las críticas que se continuaron haciendo a los distintos aspectos de la dictadura, aunque el tratamiento del tema es lateral a cuestiones generales del período 1976-1983”.
Para Sangrilli, en tanto, el aval brindado por la CGT al desembarco en Malvinas, entendido como “una reivindicación del pueblo argentino”, no conllevó un respaldo hacia el gobierno o hacia la figura de Galtieri. “La central obrera siguió abogando por una salida hacia la democracia, reclamando la vuelta de las garantías constitucionales y exigiendo cambios en el rumbo económico. Esta última consigna fue compartida con la Intersectorial CNT-20, con lo cual ambos sectores coincidieron en una línea de acción, aunque no se concretó la unidad gremial”, remarcó.
Además, la interna en el seno de la central obrera jugó su papel. En efecto, las dos fracciones mayoritarias, la CGT y la Intersectorial CNT- 20 (que durante el conflicto militar adquirió el nombre de CGT Azopardo), se dirimían por entonces la representación del movimiento obrero. Las disputas se zanjarían en democracia, cuando la derrota del peronismo y la opinión general que la estrategia de negociar con los militares fue errónea le dio a Ubaldini la legitimidad de ser el referente de esa nueva etapa del movimiento obrero.